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lunes, 6 de junio de 2016

La gripe, en vías de desaparición..

En los tiempos mediáticos que vivimos estamos habituados a noticias que aparecen y desaparecen. Surge un tema, se le da una amplia cobertura, y luego se desvanece en el olvido. Por ejemplo si nos centramos en la gripe, solo una o dos variantes  del virus son innecesarias para la sociedad, el  resto, de momento, es necesario.
Uno de estos temas del que casi ya no nos acordamos es la gripe aviar. Apenas se habla de ella en los medios de comunicación. ¿Acaso ha desaparecido el peligro? Desgraciadamente, no. Siguen declarándose no pocos contagios de gripe aviar a seres humanos en distintos países de Asia, como Indonesia o Bangladesh, pero la noticia ya aburre, y si hay algo que una noticia no debe hacer es aburrir.
Cierto es, sin embargo, que la amenaza de una pandemia de gripe que pueda producirse por la generación de un virus muy nocivo es más que mera especulación. La razón es que una pandemia así ya ha sucedido. Se trata, como sabemos, de la llamada gripe española de 1918-19. El virus causante de esta gripe apareció probablemente en China, desde donde llegó a Estados Unidos y, desde ahí, a Europa. A pesar de su origen asiático se la conoce como gripe española porque España, país neutral en la Primera Guerra Mundial, fue el único país que informó de los casos aparecidos, mientras que los países combatientes de su entorno, no lo hicieron. Quedó así la impresión de que era España el país en donde la enfermedad había surgido.
Por fortuna, la posibilidad de una nueva pandemia ha espoleado la investigación sobre el virus de la gripe, y se han logrado resultados muy tranquilizadores. Uno de ellos, del que hablé en su momento, ha sido la “resurrección” del virus de la gripe a partir de cadáveres conservados de combatientes americanos de la Primera Guerra Mundial. Se ha logrado aislar parte de los genes de dicho virus y ponerlos de nuevo a funcionar, con lo que se han producido virus muy similares al de 1918. Estos virus han resultado mortales para ratones de laboratorio, pero han servido para comprobar que los medicamentos antivirales con los que contamos hoy son eficaces para detener la progresión del virus.
Pero si el virus de la gripe, sus genes y modo de acción, ha sido muy estudiado recientemente, no se ha dedicado tanta atención a la respuesta inmune frente a él. No todos los infectados por el virus de 1918 acabaron muriendo. Algunos afectados sobrevivieron y la pregunta es por qué lo hicieron. ¿Qué los diferencia de aquellos que murieron tras ser infectados por el virus? ¿Poseen quizá alguna característica particular en su sistema inmune?
Estas preguntas se las planteó el doctor Eric Altschuler, de la Universidad de New Jersey, en los Estados Unidos, inspirado una tranquila noche de guardia en el hospital al ver una serie médica de televisión, titulada “Investigación Médica” (de la que desconozco si se ha emitido, se emite, o se va a emitir en España). Nadie puede decir que los medios de comunicación no ayudan a la ciencia.
El episodio que tuvo la fortuna de ver esa noche el Dr. Altshuler trataba de una epidemia, de la que solo se salva un muy viejo mayordomo de la comarca afectada (cualquier historia de misterio que se precie cuenta con al menos un mayordomo), quien era también ¡superviviente de la epidemia de gripe de 1918!
Los investigadores médicos, inspirados por el inmune mayordomo, descubren que la epidemia se debe a un virus similar al de la gripe de 1918. Deciden, entonces, extraer sangre del mayordomo para purificar sus anticuerpos y suministrárselos, in extremis, a la heroína del episodio, que ha sido infectada y está a punto de morir. No es necesario decir que la inyección de los anticuerpos le salva la vida.
El Dr. Altschuler se dio cuenta de que, en efecto, algo similar podría haber sucedido en los supervivientes de la gripe de 1918. Quizá estos hubieran desarrollado anticuerpos particularmente eficaces contra el virus, y quizá las células memoria de su sistema inmune, ésas que hacen posible que funcionen las vacunas porque “recuerdan” un encuentro previo con un virus o una bacteria, siguieran produciendo el anticuerpo.
Para comprobarlo, el Dr. Altschuler reclutó un equipo de especialistas en virología e inmunología y contactó nada menos que con treinta y dos supervivientes de la gripe española, de edades comprendidas entre los 91 y los 101 años. Mediante el uso del virus de la gripe española “resucitado” de los cadáveres de soldados americanos, el equipo del Dr. Altschuler comprobó, no sin cierta sorpresa, que la sangre de esas personas contenía anticuerpos que se unían fuertemente a dicho virus. Estos anticuerpos eran, probablemente, los que habían permitido la supervivencia de estas personas a pesar de haber sido contagiadas.
Una vez demostrada la presencia de potentes anticuerpos en la sangre de esos supervivientes, quedaba comprobar si dichos anticuerpos podrían evitar la muerte de quienes estuvieran infectados por un virus similar, como sucedía en el episodio de televisión. Para comprobarlo, los investigadores infectaron a ratones de laboratorio con el virus “resucitado”, que ya hemos dicho resulta mortal para ellos, y les trataron con los anticuerpos purificados a partir de la sangre de los viejos supervivientes.
Como se esperaba, los ratones tratados con los anticuerpos sobrevivieron, mientras que los que no tratados, no lo hicieron. Además, el anticuerpo no solo protegió a los animales contra el virus de 1918, sino también contra otras cepas de virus de la gripe más recientes. El anticuerpo, al parecer, se une a una parte esencial, que el virus no puede mutar fácilmente so pena de no poder reproducirse y que, por consiguiente, es compartida por todas las cepas de este virus.
Así pues, el sistema inmune de esos supervivientes ha recordado por nueve décadas su encuentro con un virus mortal, y sigue aún hoy protegiéndoles de un eventual reencuentro con ese u otros virus relacionados. Los científicos han aislado también de esos supervivientes las células productoras de anticuerpos para crecerlas en el laboratorio y producir con ellas los anticuerpos que podrían servir de vacuna en el caso de una eventual epidemia. Menos mal que ni el sistema inmune, ni la ciencia, se olvidan de la gripe, con la ayuda de las series médicas de televisión.
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