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jueves, 16 de junio de 2016

La crisis de la izquierda ha hipotecado sus valores.

La crisis que más fuerte suena y que más preocupa en el corazón de Europa es la de la izquierda tradicional, la del sistema. El socialismo y el laborismo en todas sus vertientes y en los países en los que más fuerza ha tenido, como Francia, Reino Unido o Grecia.
El centroizquierda apenas gobierna en un tercio de la UE: República Checa, Francia, Eslovaquia, Suecia, Portugal e Italia. Eso significa que menos de un tercio de los más de 500 millones de europeos tienen un Ejecutivo de izquierdas. Una crisis que ha ido unida a una fuerte reconfiguración del mapa político en la izquierda, marcado, como en España, por los movimientos de protesta, indignación o rabia, que lejos de haber sido algo pasajero han provocado un cambio estructural, una nueva definición de los ejes, de las preferencias. Europa se ha movido y las fuerzas tradicionales, en muchos casos, se han quedado paralizadas.
La izquierda europea es consciente de su crisis, de la falta de un discurso ilusionante con el que contrarrestar la irrupción de nuevas fuerzas. Incapaz de capitalizar las oportunidades cuando se presentan y de aprovechar la crisis que la derecha sufre simultáneamente. Una impotencia que se transmite en sus congresos y en cada reunión de líderes y aspirantes antes de las cumbres europeas. Su gran problema es que, hasta ahora, no ha sabido reaccionar. Esperan, y eso ya no basta.
En el Reino Unido, el Partido Laborista quedó tocado tras la retirada sin honores de Tony Blair y, según muchos analistas, roza ahora el hundimiento. En medio del desafío más grande en varias generaciones, con la posibilidad de que este mes el país vote su salida de la Unión Europea, la voz del laborismo y de su débil líder, Jeremy Corbyn, apenas se escucha. Las encuestas nacionales no son dramáticas y queda mucho hasta las próximas elecciones, pero los laboristas, como el PSOE en España, están divididos, carecen de un liderazgo fuerte y padecen una lucha de sables entre sus bases y barones en medio de una transición cuyo destino no está claro. Las dudas van de la apuesta de Corbyn de girar a la izquierda a seguir en la senda de la última década y media, la tercera vía que los llevó y mantuvo en el poder.
Más llamativo es el caso francés. Los socialistas tienen al presidente, François Hollande, pero menos del 15% de los ciudadanos aprueban su gestión y apenas el 45% de los que votaron por él repetiría. La legislatura ha sido muy complicada para el líder socialista, con dos terribles ataques terroristas, huelgas masivas contra su reforma laboral, un fracaso épico en la reforma constitucional y el auge del Frente Nacional. El Partido Socialista tiene poder, pero no está nada claro que vaya a conseguir pasar a la segunda ronda en las presidenciales del año que viene, y el núcleo de sus propuestas, su liderazgo y sus feudos está completamente en el aire. Hasta el punto de que Hollande baraja un cambio de arriba abajo en el sistema del país, sin precedentes en la V República, para reformar las dos cámaras y el papel del primer ministro tras las elecciones de 2017.
Grecia es el extremo, el espejo anhelado por Podemos. Allí, tras décadas de alternancia en un sistema que recuerda en muchos puntos al español, el Partido Socialista ha desaparecido. El Pasok de los Papandreu, alternativa perpetua a Nueva Democracia, se ha extinguido, arrasado por la izquierda por Syriza, el partido de la izquierda radical.
La pasokización es una amenaza que pesa constantemente sobre la cabeza de los líderes del centroizquierda tradicional continental y que los críticos agitaron ante Pedro Sánchez. Fuerzas que llegan con más energía, sin el estigma de décadas en el poder, sin casos de corrupción. Que reivindican los valores propios de la izquierda, aunque luego los corsés del Ejecutivo, las instituciones europeas y las finanzas les frenen, como se ha demostrado en Grecia. La amenaza de que nadie quiera la copia pudiendo optar por el original. De que ante la perpetua alerta de nosotros o el caos, la sociedad decida finalmente jugársela a ver qué pasa.
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