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martes, 28 de junio de 2016

Estamos viviendo una revolución con fines negativos para la sociedad.

No tengo ni la menor duda de que estamos viviendo una verdadera revolución sin darnos cuenta. Nos lleva a la confusión y a la falta de percepción de la naturaleza revolucionaria de estos tiempos que no se haya generado una violencia política que ponga todo patas arriba casi automáticamente, como sucedió en las dos principales referencias históricas de estas características: la Revolución francesa y la rusa. Pero todos los aspectos de nuestro entorno han sufrido cambios más profundos y más radicales que los provocados a finales del siglo XVIII en Francia o a principios del siglo XX en Rusia: la relación entre las personas y de clase, las del poder institucional con los ciudadanos, la economía, la comunicación, la capacidad de las soberanías nacionales para enfrentarse a los problemas de sus sociedades, la cultura, su expansión y su influencia, etcétera. Con todos los procesos revolucionarios aparecen poderosas y generalizadas reacciones de nostalgia, de añoranza de un pasado, que hasta cierto punto fabrican los mismos nostálgicos, dibujando un hogar, una familia, una nación, un tiempo que en realidad nunca existió y que por lo tanto nunca podrá volver.
En Europa, ante la complejidad de un presente que no asimilamos y un futuro más incierto que en cualquier otro periodo de nuestra historia, cabalgan imparables los nostálgicos de derechas y los de izquierdas. Los primeros, ceñudos e intransigentes nacionalistas, quieren recuperar un pasado dorado y espléndido de sus países que nunca existió. Al fin y al cabo, podríamos considerar la nostalgia como una historia sentimental sin conciencia crítica. Los de izquierdas amamantan utopías retrospectivas que muchos de sus impulsores, situados en el comunismo ortodoxo, combatieron con ahínco en los años finales del siglo XX -oscurecen artificialmente un presente confuso y complejo, muy distinto al pasado más reciente pero no peor y reivindican una política socialdemócrata que combatieron desde la segunda guerra mundial atrincherados en la órbita soviética-.
Los primeros, los nacionalistas, han ganado en el Reino Unido -sociedad que creíamos madura y ejemplarmente civilizada- frente a dirigentes incompetentes, vanidosos y egoístas como Cameron y unos partidos clásicos -conservadores y laboristas- sin respuestas racionales a los complejos retos que nos plantea la globalización. De la misma forma podemos contemplar en Francia una pugna entre los nostálgicos nacionalistas de Le Pen y los nostálgicos de izquierdas que impiden cualquier solución que modifique el status quo público, imposible de mantener con un Estado realmente colapsado por su envergadura y su coste económico.
En Europa, acostumbrada a la tranquilidad política de la posguerra y debido a la crisis económica, a la de refugiados, a la falta de voluntad de ejercer nuestra política exterior según nuestra responsabilidad y a la carencia de sentimientos y símbolos comunes, hemos tenido miedo al enfrentamiento político con estos populismos milenaristas desde la razón y desde la voluntad política de liderar las reformas que integren las profundas novedades que vivimos en un sistema, el del Estado Social de Derecho, que ha mostrado su elasticidad en los últimos 50 años. Sin tener en cuenta que nadie, tampoco los que quieren volver al pasado, nos han mostrado una alternativa mejor. En España las elecciones del 26 de junio nos dejan algunos datos muy sobresalientes y tranquilizadores: el primero es que el PP sale fortalecido de las elecciones y obtiene un gran margen de maniobra político que debe saber utilizar, y el segundo que Podemos, el populismo patrio, no ha sobrepasado al PSOE.
Pedro Sánchez puede ahora, sin la premura con la que le atosigaban los líderes regionales desde el congreso en el que salió elegido, definir un proyecto reformista de calado social y vocación mayoritaria, adaptando el viejo partido a los nuevos tiempos. Era imperioso hacerlo desde el congreso celebrado en Sevilla en 2013. Y al no acometer esta tarea con seriedad y tiempo -por motivos internos, mezquinos y de baja política- hemos permitido que el partido de Pablo Iglesias Pose se situara en zona de máximo riesgo durante los últimos años. Pero las elecciones del domingo han dado a los dirigentes del PSOE una nueva y gran oportunidad para remarcar unas líneas políticas básicas de un proyecto nacional con vocación autónoma y mayoritaria que, conjugando la igualdad con la libertad individual y lejos de las recetas tradicionales, pueda renovar los fundamentos de la socialdemocracia española.
Para empezar la travesía del desierto con oasis en el trayecto, el PSOE debe reconocer lo que ha sucedido realmente: los socialistas han vuelto a perder votos. Sólo en tres provincias de España es el primer partido. En Madrid, la diferencia con el PP, nuestro adversario pero no nuestro enemigo, parece un verdadero agujero negro y esa constatación se puede extender a otras comunidades donde el PSOE ha dejado de ser la alternativa mayoritaria al PP... Sólo han ganado tiempo, pero no es poco cuando los retos son mayúsculos.
El PP de Rajoy ha incrementado con amplitud la mayoría precaria que obtuvo el 20-D. Parece incontestable que el PP ha sido llamado a gobernar y cualquier otra posibilidad sería sorprendente y torcería violentamente una voluntad expresada claramente por la ciudadanía española. Pero no tiene mayoría para enfrentar en solitario la legislatura con solvencia, y justamente ese impedimento puede ser una razón para devolver a los españoles la política con mayúsculas. Seguimos teniendo los mismos problemas y los mismos retos que teníamos ayer y es necesario enfrentarlos desde una plataforma política, basada en el dialogo y los acuerdos, que supere las limitaciones de un partido, aunque éste haya ganado con la claridad del PP de Rajoy.
Cataluña se convierte en el problema más urgente y trascendente para la política española y el acuerdo con el PSOE, que debe analizar su propuesta catalana a tenor de los lamentables resultados tras un periodo largo de elecciones, se hace inevitable atendiendo a los dictados de la razón y la responsabilidad. En el País Vasco no existen conflictos que obliguen a una política de urgencia. Sin embargo, se dan las condiciones de integrar al nacionalismo vasco institucional en una política pos-ETA que puede servir de cercano ejemplo a los nacionalistas catalanes de derechas y con el objetivo de incrementar la concordia social en el País Vasco, confeccionando un relato histórico que defina las responsabilidades y comportamientos de cada cual durante los últimos 50 años. El fortalecimiento de las instituciones, melladas por la crisis y la corrupción, es otro reto que el partido de Rajoy está obligado a enfrentar y lo tiene que hacer para asegurar el éxito de la empresa con una amplitud de miras que supere ampliamente las siglas de su partido.
Paradójicamente, esta próxima legislatura, precedida de un periodo oscuro y lamentable, que parecía abocada a ser un punto y final del sistema del 78, se ha transformado en una legislatura de esperanza para los herederos de la Transición; los españoles no tienen que arrepentirse de su voto, como parece que han hecho muchos británicos tras votar por su salida de la UE, porque han parado al populismo de izquierdas que, impulsado por una política-espectáculo lamentable, parecía imparable. Yo el domingo tuve varias satisfacciones: se podía formar un Gobierno sólido, eran necesarios los pactos, el PSOE seguía siendo la primera fuerza de la izquierda, habían perdido los populismos y la política espectáculo -Al Gore, vicepresidente de EEUU, decía que la política sale por la ventana cuando el espectáculo entra por la puerta-; y entonces me sentí orgulloso de mis conciudadanos que sin ninguna duda habían votado mejor que los británicos; En fin, me fui tranquilo a dormir porque los políticos sensatos volvían a tener la responsabilidad del país en sus manos.
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