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martes, 7 de junio de 2016

El polvo más deshonesto de mi vida se lo eché a mi viuda.

Fernando Sánchez Dragó no necesita presentación. O al menos así lo afirma su editorial. Sin embargo, para el escritor la mejor presentación que se puede hacer de él es su última novela, Esos días azules. Memorias de un niño raro, un intenso libro en el que presenta al lector cómo ha sido su vida, centrándose sobre todo en su infancia y adolescencia, pero aderezándose con experiencias vividas en la madurez o con la opinión del autor sobre diversos temas.
El libro descubre a un Sánchez Dragó íntimo, muy personal. Un Dragó tierno, sentimental, crítico y, como no, provocador, aunque no le guste que le pongan esa etiqueta. "La nota de prensa no la he escrito yo", confiesa a Vanitatis en referencia al comunicado de Planeta presentándolo como uno de los escritores más polémicos. Un Dragó que se ha mordido la lengua "muy poquitas veces. Únicamente en aquellos pasajes en los que personas vivas podrían sentirse heridas. Quien sí se ha mordido la lengua, aunque muy poquito, ha sido la editora, a la que ha habido algunas frases, no más de tres o cuatro en 500 páginas, que le han asustado. Me aconsejó que las quitara, me di cuenta y las he quitado".
De hecho, el escritor hace confesiones que sorprenderán a más de uno. "Sin dejar de ser varón, siempre me he sentido mujer. Sobre todo porque, como decía Machado, 'en tanto no descubramos a nuestro complementario, no estamos completos'. Pero además, me gustan tanto las mujeres que siempre he sentido un poco de envidia, porque creo que se lo pasan mejor en la cama que nosotros. He tenido el impulso de ser mujer para experimentar lo que experimentan ellas en el coito. Y eso me ha llevado muchas veces a cambios de roles en los que yo desempeñaba el papel femenino y ellas el masculino, pero eso no menoscababa mi masculinidad, sino que la ensanchaba, la complementaba", confiesa Dragó, quien reconoce que también ha tenido experiencias homosexuales. "Esas llegaron mucho más tarde, en la treintena".
Y, por supuesto, tampoco se ha amedrentado a la hora de decir lo que piensa después del polémico episodio de las lolitas japonesas. "Aquel lío estalló cuando estaba escribiendo el libro. Me hago eco en dos notas a pie de página porque no tuvo mayor importancia. Fue un episodio insignificante en mi vida. Aquellas chicas deberían tener 16 o 17 años, lo que pasa es que las japonesas son muy aniñadas y yo dije trece como pude decir dieciocho. Era una forma de hablar", recuerda.
"Se armó un alboroto extraordinario y luego a la semana se olvidó todo. No sufrí ningún perjuicio, sino beneficios, porque me di cuenta que hay una gran diferencia entre la opinión pública y la opinión publicada. Cuando salía a la calle, la gente me trataba incluso con más cariño (...) Vivimos en un mundo que se fija en lo morboso, en lo escandaloso, que se fija en lo anecdótico frente a lo categórico. Nadie me habla de aquello", añade el madrileño, que en el libro dice que "me siguen gustando las chicas jóvenes, muy jóvenes".
Donde sí parece que podría tener que morderse la lengua será en los sucesivos volúmenes de las memorias. "Puedo tener problemas a la hora de contar ciertos momentos. El peor polvo de mi vida lo eché con una persona conocidísima. No digo que fuera por culpa de ella o por culpa mía, pero se produjo en una situación muy pintoresca. Tengo la tentación de contarlo. Pero, ¿cómo cuento esa historia, sin faltar a la caballerosidad, sin dar el nombre? La gracia es que se produce con esa persona celebérrima. Las ideas no son respetables, pero las personas sí son dignas de respeto", explica Dragó, quien reconoce haber empezado a escribir a ordenador desde hace tan sólo seis años.

Pero aunque parezca que en el libro se habla demasiado de sexo -"Solo hay un 20% y es lógico porque la infancia y la adolescencia son dos periodos muy sexuales"- , En días azules también hay hueco para la política, a pesar de reconocer que no le interesa lo más mínimo. "No soy de derechas ni de izquierdas. Estoy frente a la derecha y frente a la izquierda(...) Ser político es intentar agradar a todo el mundo, estrechar la mano de las viejecitas, besar a los niños. A mí me gustan los políticos que dicen lo que piensan, el que gobierna y no el que pastelea. Un político tiene que gobernar y no pastelear. Es censurable por mil motivos, pero uno que no pastelea es Berlusconi. Yo agradezco que sea como es", afirma el prolífico escritor, que relata que la semana pasada le ofrecieron ir de cabeza de lista por Madrid en un partido político que no quiere identificar. 
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