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jueves, 9 de junio de 2016

DON DE GENTES Sinatra y su criado


Según George Jacobs, el poder es lo que subyugaba a este jefazo de la música del siglo XX

George Jacobs habla con Frank Sinatra, de quien fue mayordomo más de una década.
Para contrarrestar el ensordecedor ruido de esta semana decidí refugiarme en la música. Muy aplicadamente, desde finales de 2015, ando celebrando el centenario de Sinatra en la intimidad de mi cuarto. Podría dedicarle este año completo, material no falta, de la inmensa biografía de James Kaplan, Sinatra, The Chairman, a otros libros curiosos de personajes secundarios que lo trataron y ofrecen una imagen iné­dita de este jefazo de la música del siglo pasado. Hay uno que me ha cautivado, Mr. S: My Life with Frank Sinatra, memorias escritas por George Jacobs, mayordomo del artista de 1953 al 1968. No se han publicado en España pero espero que algún editor se anime a traducir esta colección de jugosísimos recuerdos. Jacobs era un negro judío de Louisiana, que viajó por el mundo como cocinero en el Ejército y recaló en California, donde en un principio hizo pequeños papeles de negro selvático en películas de Tarzán. Sinatra lo contrató convirtiéndolo en asistente, chófer, confidente, cocinero. El mayordomo cuenta su vida con Mr. S y, a pesar de que este lo acabó echando de mala manera al publicarse unas fotos en las que Jacobs aparecía bailando con la todavía mujer del cantante Mia Farrow, prevalece la devoción que siempre sintió hacia un personaje que provoca de todo menos simpatía. Adoramos a Sinatra, nos gusta hasta cuando canta sobre unos arreglos melosos, amamos esa voz que aprendió a frasear las letras gracias a su maestra Billie Holliday, pero adentrarse en su vida es reconocer a un tipo al que no nos hubiera gustado tener como enemigo y que como amigo exigía una fidelidad entre absorbente y conflictiva.
El indudable encanto del libro no se reduce a lo que cuenta sino a cómo lo hace: en boca de otro podría ser un catálogo morboso de cotilleos. Pero el mayordomo tiene el arte de narrar y en estas páginas encontramos la crónica de aquellos días desde un punto de vista inédito: el del criado negro. Jacobs fue adiestrado por los padres del cantante en la cocina de los italoamericanos de New Jersey; lidió con el autoritarismo de Sinatra, con sus años de frustración y decadencia temprana, con la furia hacia el rey que lo destronó, Elvis Presley. Pero se enfrentó a la costosa tarea con el convencimiento de que su jefe era un genio. Tuvo que soportar, además, la fascinación que Mr. S (así lo llamaba Jacobs) sentía por la mafia y el poderoso padrino Sam Giancana, algo explicable en una estrella que nunca se desprendió de un profundo complejo social que si bien le llevó a esforzarse para que de su acento desapareciera todo rastro de su origen, le mantuvo fiel a los que fueron los héroes que poblaban los sueños del niño de Hoboken: los tipos duros. Jacobs, que muestra más finura que su jefe, se pregunta qué ve Sinatra en esos tipos peligrosos para tratarlos con tal veneración. El poder, concluye; era el poder lo que a Sinatra le subyugaba, y esa atracción fue la que le llevó a complacer hasta extremos humillantes al individuo más desagradable de esta historia, Joe Kennedy. Putero, inmoral, autoritario, racista, el patriarca de los Kennedy no se ahorraba una broma sobre los negros o los judíos delante del sufrido George. De manos del padre, llegó el hijo, John, al que Sinatra proveyó de putas y celebridades, entre ellas Marilyn Monroe, y para el que hizo campaña con la ilusión de convertirse en hombre de confianza del futuro presidente. Pero en cuanto JFK tocó la gloria, Sinatra fue eliminado de su círculo: entendió Robert Kennedy que la presencia del pendenciero cantante no favorecía a la imagen de su hermano.
La voz de Jacobs es la de un hombre que se siente afortunado por haber compartido aquel mundo ya extinto, aunque sin pretenderlo nos ofrece algunas páginas desoladoras. Seguramente, no era consciente al escribirlas. Todo lo que tiene que ver con las mujeres en la vida de Sinatra provoca desagrado: las putas compartidas, las actrices prestadas. Son muchas los mujeres célebres que pasaron por su cama, pero nos acongoja especialmente la pobre Marilyn, siempre manoseada, digna de compasión, entregándose al sexo para mendigar amor. Una Marilyn en la recta final, bajo el amparo de Sinatra, que actúa como un padrino: protector, follador samaritano, mujeriego compulsivo, frustrado siempre por no haber sabido domesticar a la indómita Ava Gardner. Ellas están en sus manos, en las de los integrantes del célebre Rat Pack, que se informan sobre la calidad de las mamadas y otras artes de las chicas. Sinatra, nos cuenta el mayordomo, llevó unos calzoncillos especiales en los Oscar para que no se apreciara la dimensión del paquete.
Sexo, whisky, ambición, traiciones. El hijo de Sinatra se pilló un buen rebote cuando leyó el libro, pero lo cierto es que las palabras del de Louisiana suenan a pura verdad.
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