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miércoles, 8 de junio de 2016

Churchill y los churchillianos votarían continuar en Europa.

El líder soviético, Josef Stalin, el presidente norteamericano, Harry Truman, y el primer ministro británico, Winston Churchill, en 1945 en Berlín.

Churchill entra en campaña

Cameron defiende la permanencia en la UE con los viejos argumentos geopolíticos

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El líder soviético, Josef Stalin, el presidente norteamericano, Harry Truman, y el primer ministro británico, Winston Churchill, en 1945 en Berlín.  AP
Churchill no lo haría. El inglés providencial no abandonaría a Europa en su momento más difícil. Al contrario, repetiría su gesto de 1940 cuando rechazó la negociación con Hitler y decidió seguir la guerra en solitario. “Solo puedo ofrecer sangre, sudor, esfuerzo y lágrimas”, dijo en los Comunes. Fue su finest hour.
La situación en que se encuentra Europa en nada se asemeja a aquella circunstancia trágica en los primeros compases de la Segunda Guerra Mundial. Si sirvieran los paralelismos, suscitados por la Gran Crisis y el ascenso de los populismos, la semejanza debería buscarse en la década anterior. A pesar del tiempo transcurrido y de las diferencias, el primer ministro británico, David Cameron, ha querido evocar aquel momento churchilliano en su alegato en favor de la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea el lunes en el British Museum: “Cuando tomo asiento en el Cabinet Room, siempre pienso en las decisiones que se tomaron en esta habitación en tiempos de oscuridad”. Ahí fue donde Churchill decidió rechazar las llamadas al apaciguamiento y la rendición: “Pienso en aquellos pocos que salvaron este país en la hora de un peligro mortal y que hicieron posible seguir la lucha y ayudar en la liberación de Europa”.
Churchill no es solo fuente de citas y anécdotas para Cameron, sino la inspiración central de su posición contra el Brexit. La existencia de la UE es del máximo interés para los británicos. En caso de abandonarla, el Reino Unido sería más débil, más inseguro y más pobre. “Un salto en la oscuridad”. Pero lo peor sería lo que sucedería en el continente, y que muchos brexiters desean: regresarían los nacionalismos excluyentes y en competencia tal como se desplegaron en los años treinta.
Es una ironía que quien ha convocado el referéndum sobre la salida de la UE ahora desenfunde la retórica y los ropajes churchillianos para argumentar que el máximo interés británico es permanecer en ella. No es la única: nadie ha explicado mejor que Boris Johnson, el exalcalde de Londres y brexiter que quiere sustituir a Cameron, en su libro El factor Churchill, los poderosos argumentos del histórico personaje en favor de una unión más estrecha de los europeos.
Cameron y Johnson, divididos por el Brexit, tienen una misma idea churchilliana de Europa: es del máximo interés del Reino Unido que ninguna potencia continental se imponga sobre las otras, y de ahí la necesidad de un sistema que neutralice la rivalidad entre Francia y Alemania e impida que Rusia se haga con el control del continente. Londres debe impulsarlo, garantizarlo e incluso partirse la cara para que exista como hizo en 1940, además de sacar todo el provecho en influencia, seguridad y prosperidad que puede darle un continente en paz. Pero haría un pésimo negocio e iría contra sus intereses si el resultado del referéndum fuera desencadenar una reacción en cadena que desestabilizara el continente e introdujera de nuevo la semilla de la discordia y de la guerra. Con este argumento, Cameron le ha ganado la mano a Johnson.
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