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martes, 7 de junio de 2016

¿Bombardeas o te bombardean? La guerra solo quiere muertos.

Es difícil saber si los dos hombres que el 24 de marzo asumieron la tarea bárbara de bombardear a Kosovo sabían que eran víctimas de sus destinos cruzados. Uno es el madrileño Javier Solana Madariaga, secretario general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), un humanista de cincuenta y siete años, catedrático de Física y sobreviviente ileso de tres ministerios homicidas: Cultura, Educación y Asuntos Exteriores. En el ámbito de sus numerosos amigos se muestra siempre como es: un intelectual que no parece barbado, sino mal afeitado por las prisas del insomnio, que conoce a fondo la magia de la conversación y ha leído bien y en serio todos los libros que se deben leer, y muchos que no se debe. Lo raro es que no haya escrito ninguno ni confesado nunca sus versos de amor. Goza de la fama mundial muy merecida de ser el hombre más pródigo en sonrisas y abrazos, al extremo de que un amigo suyo ha dicho que es capaz de abrazar hasta un poste de la energía eléctrica. Sin embargo, las pocas veces en que baja la guardia, sus ojos lo delatan como un poeta triste y propenso a la soledad.En el ámbito de la vida política sabe guardar las distancias con cada quién según su propio criterio, y siempre con la cortesía seductora de su tío abuelo don Salvador de Madariaga. Pero también tiene fama de ser colérico cuando el motivo lo vale, y de decir lo que piensa sin mirar a quién. Su contradicción más grave ha sido manifestarse a gritos contra el ingreso de España a la OTAN, y ser hoy su flamante secretario general en pie de guerra. En fin: un civil nada común, que parecía incapaz de matar una mosca, y sin embargo ha cumplido sin vacilación la orden militar más azarosa de este siglo. El único consuelo que nos queda a sus amigos es creer que aquel acto brutal no fue un designio de su corazón, sino una putada de su mala suerte.
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El otro hombre, responsable por la ejecución técnica de la aventura, es el general norteamericano Wesley K. Clark, el militar con más hombres bajo su mando en el mundo, primero en el Comando Sur de los Estados Unidos, hasta 1997, con sede en Panamá, y desde entonces en el Supremo Comando Aliado en Europa, con sede en Bruselas. Nació hace cincuenta y cinco años en Little Rock, Arkansas, donde nació también su amigo el presidente Clinton. Obtuvo el primer lugar de su promoción en la Academia Militar de West Point, en 1966, y una maestría con honores en filosofía, política y economía en la Universidad de Oxford, Inglaterra. Es apuesto y algo ceremonioso, y sus compañeros de armas lo consideran un militar íntegro a la manera antigua, que comparte el pan y la sal con sus tropas y no puede vivir sin saber lo que piensan de él. Lo que muy pocos sospechan siquiera es que detrás de sus cuatro estrellas y su torta de condecoraciones esconde el sueño irresistible de ser reconocido como un intelectual de la política y un ideólogo de la felicidad social.
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Mi amistad con Javier Solana, buena y fructífera por más de veinte años, nació por obra y gracia de la fuerza de gravedad. La forma en que conocí al general Clark, en cambio, fue uno de los episodios más insólitos y sorpresivos de mi vida. Ocurrió hace tres años en Panamá, cuando varios amigos panameños encabezados por el canciller Jorge Ritter me invitaron a conocer el gigantesco juguete de cuerda de las esclusas del canal, y lo que quedaba de la Base Howard en la zona todavía ocupada por los Estados Unidos. Habíamos franqueado apenas los puestos de control cuando nos cerró el paso un grupo de oficiales del Comando Sur. Sólo cuando bajamos del autobús, casi manos arriba, explicaron que el general Clark nos esperaba en su despacho. Nunca supimos por cuáles artes de barajas o inteligencia militar se había enterado de que pasaríamos frente a su casa. Pero allí estaba, al extremo de una mesa de Estado Mayor con toda clase de exquisiteces para comer y beber, y con el uniforme tropical de los comandantes coloniales de las películas. Podía creerse que no era él mismo en persona, sino Robert Redford en el papel perfecto del general Clark.
Su propósito -expresado con la retórica oxoniense y los modales fáciles de los sobrinos tataranietos de Scarlet O"Hara- era intercambiar con nosotros sus ideas sobre el mundo. Casi sin preámbulos empezó a hablarnos de sus experiencias en los numerosos cargos militares y políticos que había desempeñado, desde Vietnam hasta Bosnia, y en los cuales creía haber madurado su conciencia social. Pero en ningún momento pareció darse cuenta de que -al menos en mi caso- se había equivocado de interlocutor. Carezco en absoluto del talento, la cultura y la vocación de las ideas abstractas, y apenas si me atreví a explicarle que las intuiciones y presagios de los novelistas son a veces tan útiles como las ciencias académicas para desembrujar la realidad. El general, por su parte, nos demostró que las conocía bien, aunque tal vez enrarecidas por su formación marcial. De regreso al autobús, el canciller Ritter hizo la única síntesis posible de aquella hora y media indescifrable: "Fue la suma de dos monólogos divergentes".
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Menos mal que el general entendió tan bien como nosotros nuestros tropiezos culturales y nuestras distancias políticas, y seguimos intercambiando recuerdos y recados -y uno que otro libro- a través de amigos comunes. Lo que nunca se nos habría ocurrido es que uno de ellos sería Javier Solana. Debo confesar, sin embargo, que cuando supe que trabajaban hombro a hombro en la OTAN me pareció otra de esas casualidades misteriosas que nos perturban el sueño a los novelistas. Hoy está claro: Kosovo no es cualquier parte del mundo, sino uno de sus centros neurálgicos, y la agresión de que es víctima tiene unas posibilidades de expansión impredecibles y pavorosas. Mala noticia para un hombre de letras que nunca pensó ser militar y para un militar que sueña con ser hombre de letras, mancornados en el riesgo tremendo de ser los precursores de la tercera guerra mundial.
Gabriel García Márquez 
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