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lunes, 13 de junio de 2016

Al México, lindo y querido, los políticos han añadido eso de LETAL.

Todo mexicano en el extranjero se sorprende por el alarmismo sobre nuestro país

Durante los últimos dos días la noticia más consultada  fue la que daba cuenta del asesinato de dos australianos surfistas en Sinaloa, México. El interés que despertó en España incluso superó a las noticias sobre el intenso intercambio que sostienen los candidatos a la presidencia del Gobierno, de cara a la elección del 20 de diciembre en ese país. Los reclamos de Pedro Sánchez a Pablo Iglesias, y las descalificaciones de Rajoy a sus rivales generaron menos interés en los lectores que los últimos momentos de vida de Dean Russel y Adam Coleman. Ni que decir que en Australia la mención de México en estos momentos evoca terribles escenarios de sangre y barbarie.
Mientras tanto, el presidente Enrique Peña Nieto dio a conocer un ambicioso programa de inversiones para apuntalar el papel de Pemex en la explotación petrolera en México. Un aviso que, entre otras cosas, constituye un guiño a los inversionistas locales y extranjeros para generar mayor interés en la principal reforma económica del Gobierno priista
La actividad turística, incluso, no parece haberse resentido por la imagen de inseguridad: en 2014 visitaron México 29 millones de personas
Se podrá argumentar que los dos públicos no son los mismos. El lector consternado por las noticias procedentes de México podría, a lo mucho, alterar sus planes de vacaciones y decidirse por otros destinos. La actividad turística, incluso, no parece haberse resentido por la imagen de inseguridad: en 2014 visitaron México 29 millones de personas, 20,4 % más que el año anterior. Sin embargo, es un hecho que una buena porción de esta afluencia ha dejado de circular por el interior del país para concentrarse en destinos de playa, muchos de ellos bajo la modalidad burbuja de paquetes todo incluido.

Es decir, nunca sabremos el crecimiento real que habría tenido el turismo en otras circunstancias y la derrama que eso habría provocado en zonas ahora deprimidas. Recuerdo a un empresario de Saltillo que poseía un ambicioso plan de inversión para instalar un rosario de casas de retiro por todo el norte del país para ancianos norteamericanos. Atractivos vecindarios con servicios médicos en inglés, acceso a campos de golf, gimnasios y terapeutas de todo tipo. Se proponía ofrecer una jubilación de lujo a retirados de la clase media de Estados Unidos.
Otro inversionista tapatío comenzó cursos de mandarín, y con él todos sus ejecutivos, con el propósito de construir en los siguientes 15 años una red de hoteles destinados a los millonarios chinos que, él confiaba, comenzarían a pulular por México. Resorts al lado de pirámides mayas o playas del Pacífico en los que se hablara su idioma y paladeara su comida a precios, eso sí, también millonarios.
Evidentemente, ambos proyectos de inversión fueron abandonados hace tiempo. Quizá a los ejecutivos de Exxon interesados en invertir en yacimientos de aguas profundas no les importe lo que suceda a dos surfistas australianos en una carretera sinaloense; pero afecta a un comerciante de Toronto en proceso de escoger un paraíso tropical para retirarse, y excede los límites de exotismo y aventura que un millonario de Singapur está dispuestos a correr.
Todo mexicano que viaja por el extranjero tarde o temprano queda sorprendido por el tono alarmista de las preguntas sobre la violencia en nuestro país. Uno es abordado poco menos que como un sobreviviente. En mi caso, se me escucha con desconfianza cuando explico que nunca he sido víctima o testigo de un asalto, o que jamás he contemplado el disparo de un arma de fuego. Y sin embargo, tampoco yo me atrevería a recorrer las carreteras que los surfistas transitaban o pasar en la medianoche por barrios que no conozco. Algún día tendríamos que inventariar las otras “víctimas” de la violencia en México. Las sutiles implicaciones económicas, los comportamientos modificados, las pequeñas maneras en que hemos mutilado la vida cotidiana en aras de esta callada sobrevivencia.
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