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miércoles, 18 de mayo de 2016

Renace Suárez con grito de Guerra.

Ahora, buscando la victoria electoral, todos se apresuran a resucitar al presidente de la historia reciente más denostado y ultrajado; algunos lamentamos haberlo vapuleado en exceso. La ambición no sabe de desfachatez ni de desvergüenza. Solo desde el desconocimiento o la osadía puede entenderse este sarampión reivindicativo.
Albert Rivera ya se comparó con el centro de Suárez, pero la enfermedad se hizo más evidente estos días cuando Sánchez se apropió del ya histórico «puedo prometer y prometo» y Rajoy se lanzó con la etiqueta #NosUneSuárez. Y con estas iniciativas ya tenemos a Adolfo Suárez haciendo campaña a favor de los unos, los otros y los de más allá. Mal hará Pablo Iglesias si no se suma a la moda, porque podría costarle caro.
El atrevimiento es una enfermedad crónica en este país. Con el mayor de los descaros se pervierten argumentos para usarlos a favor; como acaban de hacer con el «puedo prometer» de unos o «una forma de hacer política», de los otros. Pero Suárez, que fue un presidente con muchos oscuros en su mandato, y que transitó con honestidad, diálogo y consenso por terrenos minados, tenía un principio sobre todos los demás. Lo que lo movía eran los fogoneros y todo cuanto hizo, mejor o peor, fue para otorgarnos democracia, libertades y mejor vida. Y este principio de la ciudadanía por encima de todo lo movió hasta el final cuando decide echarse a un lado, «porque no quiero que el sistema democrático sea un simple paréntesis».
Los ciudadanos sobre todo. Vamos, como hicieron tras el 20D estos advenedizos que ahora lo resucitan. «Quienes alcanzan el poder con demagogia terminan haciéndole pagar al país un precio muy caro». Lo dijo Suárez en 1977.
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