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sábado, 21 de mayo de 2016

Los grandes místicos, Santa Teresa y San Juan de la Cruz; pretendían que las personas fuésemos virtuosas nuca políticos de mala fe.

 
Los grandes místicos, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, fueron personas muy activas y levantaron grandes obras, también literarias. Lo hacían, sin embargo, desde la quietud que produce la cercanía a Dios, la intimidad con él. Y por eso inspiraban paz, serenidad. Los nuevos místicos piensan que lo importante consiste en que la gente vote lo correcto, porque si lo hicieran, tendríamos unos gobernantes adecuados, y teniéndolos, como por ensalmo, todos los problemas se resolverían. Esta mística política siempre ha estado presente en la ingenuidad juvenil, pero en nuestros días ha desbordado ese ámbito, quizá por incomparecencia de la mística auténtica. Los grandes místicos, tan realistas, no creían en esos milagros.
La gran diferencia entre los verdaderos y los falsos místicos radica en que unos pretenden que las personas sean virtuosas, de modo que la sociedad termine mejorando algo, y los otros prefieren imponer desde arriba un modelo social que nos haga virtuosos por decreto. Creen que la política lo arregla todo, cuando en realidad, no. De hecho, bastaría con que no impidiera demasiado el progreso moral de las gentes, por ejemplo, coartando la libertad o imponiendo criterio único desde el Gobierno. Por eso algunos místicos que dicen amar la diversidad detestan la libertad de expresión, la de enseñanza o la objeción de conciencia, por ejemplo.
El misticismo ideológico cree en las estructuras y la mística cree en las personas, por eso esta ha producido los más amplios espacios de libertad y progreso que haya conocido la historia, mientras que el otro acaba engendrando regímenes crueles, inmisericordes. Me da pánico esa mística política falsa y fácil, inmadura.
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