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viernes, 13 de mayo de 2016

Los ataques de Trump, políticamente son incorrectos, pero muy positivos para su candidatura. Igual hasta gana las elecciones.

Los últimos sondeos ubican a Hillary Clinton 5 puntos por encima de Donald Trump de cara a la elección presidencial. No es un mal margen a favor de la demócrata, salvo que hace seis meses era casi del doble. La ascensión contra todo pronóstico del empresario neoyorquino tendría que hacernos más cautos antes de descartarlo. Contra la opinión de los expertos, logró imponerse a los políticos profesionales del partido republicano y conquistar el boleto para competir por la Casa Blanca en los comicios de noviembre.
Algo similar a lo que ha sucedido con el Atlético de Madrid. Nadie pensó que los colchoneros podrían vencer en rápida sucesión al Barcelona y al Bayern Múnich, los dos favoritos para ganar la Champions este año. Los apostadores ofrecían 3 a 1 a favor de los catalanes, y pese a arruinar el pronóstico, el Atlético fue objeto una vez más del escepticismo generalizado al enfrentarse a los alemanes en la semifinal: los momios lo ponían 4 a 1 en desventaja contra el equipo de Guardiola, quien hoy rumia su derrota. Llegarán a la final con las probabilidades en su contra, pero yo no pondría dinero con cargo a su derrota. La comparación termina allí. Lo que en el Atlético ha sido una hazaña deportiva preñada de sacrificio y esfuerzo, la presencia de Donald Trump en la elección final consuma la peor de las pesadillas. O casi la peor. Su arribo a la Casa Blanca parecía inimaginable, pero es una posibilidad que ya no podemos ignorar.

Trump puede ser evidenciado por sus mentiras sobre el empleo y la economía, y no obstante experimentar un incremento en su popularidad

Se ha dicho que el triunfo de Trump en el partido republicano beneficia a los demócratas porque eso asegura su victoria en noviembre. La delantera que ostenta Hillary Clinton parecería confirmarlo. Pero seis meses de distancia son una eternidad para alguien que ha mostrado tal consistencia en destrozar el sentido común político.
Y vaya que lo ha destrozado. Trump puede confundir un 7Eleven con la tragedia de las Torres de Nueva York, o ser evidenciado por sus mentiras sobre el empleo y la economía, y no obstante experimentar un incremento en su popularidad. Se decía que hoy resulta imposible ganar una elección sin el voto de los latinos, las mujeres, los afroamericanos y las muchas minorías que forman el mosaico de la sociedad estadounidense. Pero Trump la ha emprendido una y otra vez contra esos segmentos y se ha salido con la suya.
Lo que vendrá a continuación pondrá en operación esta estrategia. En la confrontación con Hillary, el republicano explotará a fondo sentimientos y atavismos misóginos inscritos en la cultura cotidiana del hombre y la mujer de la calle. Muchos de sus ataques serán políticamente incorrectos, como lo han sido en el pasado sus referencias a las minorías, pero resultarán tremendamente populares y, por ende, eficaces para su causa.
La misoginia ha sido un filón apenas explorado por el candidato porque no lo ha necesitado. Se ha mofado de la intervención de las mujeres en la política con menciones ocasionales a Hillary, a Angela Merkel y con frecuencia a Carly Fiorina, mientras esta sobrevivió en la contienda por el bando republicano. Causó estupor cuando atribuyó la hostilidad de la periodista Megyn Kelly a que ella se encontraba en su periodo menstrual, pero eso no menguó su popularidad (“Podías ver cómo le salía sangre de sus ojos. Le salía sangre de su... donde sea”, dijo el candidato).
Lo que veremos en los próximos meses será una estrategia perfectamente estudiada que apelará a los prejuicios y al mal gusto para explotar a su favor el sexo de su rival. Hasta ahora la xenofobia, los miedos, la discriminación y el ataque a las minorías le han proporcionado dividendos. A partir de este momento entra en juego una arma igualmente poderosa: la misoginia que respira en el alma de buena parte de los electores de a pie. Algo que no podemos subestimar, otra vez.
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