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sábado, 21 de mayo de 2016

La estelada golea en la final de Copa del Rey al Sevilla, único equipo español portador de la Bandera de España en su equipación.

Esteladas, ridículo y torpeza judicial,  Hoy es ya el triste balance de una decisión política mal pensada desde el principio, penosamente desarrollada y que termina con el fracaso de una autoridad del Gobierno ante el permanente desafío del independentismo catalán, ahora engreído por la contraorden de la Justicia. La resolución del Juzgado de lo Contencioso número 11 de Madrid es un varapalo general, no solo a la Delegación del Gobierno, sino a los creadores de opinión que encontraron acertada la prohibición de esteladas en la final de la Copa del Rey. Y lo siento mucho por la señora Dancausa, cuya gestión es muy digna en todos los demás ámbitos, pero la lección final de este episodio es que la política no se puede hacer a impulsos ni por dictámenes de los sectores más intransigentes, por muy leales que sean al partido gobernante.
Ahora se imponen tres reflexiones. La primera, sobre la base legal de la prohibición. No la había, como sabía quien hubiese leído la Ley del Deporte. Lucir una estelada es una expresión ideológica. Para muchos ciudadanos entre los que me cuento es una provocación, hágase en un estadio o en los balcones de los pueblos de Cataluña. Esa bandera no es la bandera de todos los catalanes, ni la oficial de esa comunidad autónoma, sino de un sector, como reconoce el propio Oriol Junqueras. Pero no se le puede aplicar una ley que está pensada y escrita para evitar la exhibición de símbolos que fomenten el racismo, la violencia y el terrorismo. Por eso el juez inscribe su uso en el amplio capítulo de la libertad de expresión que garantiza la Constitución.
La segunda, sobre el origen de la prohibición, básica para determinar el precio político. ¿Ha sido una decisión exclusiva de la Delegación del Gobierno en Madrid o ha sido consultada en instancias superiores? No lo sabemos. ¿Es razonable que algo tan polémico y de tanto relieve se haga sin contar con el visto bueno del Gobierno de la nación? De momento solo tenemos el oscuro indicio del presidente Rajoy, que se limitó a declarar que la prohibición no es de su competencia. Aclarar responsabilidades, con dimisiones o sin ellas, es la forma más sensata de cerrar este penoso episodio.
Y la tercera, la realidad permanente: mañana veremos un paisaje de esteladas como pocas veces se ha visto en una concentración deportiva. El señor Puigdemont podrá lucir una sonrisa como la de Artur Mas hace un año. La señora Carmena puede acudir al campo porque estará su amiga Colau. Y la reclamación independentista podrá hacerse sonora y libremente porque tiene respaldo judicial. Por una torpeza administrativa, independentismo, uno; unidad de España, cero. Ese es el primer resultado de la final.
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