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domingo, 29 de mayo de 2016

La economía mundial cambia de ubicación y velocidad..


La economía mundial es la globalización es un proceso económico, tecnológico, social y cultural a gran escala, que consiste en la creciente comunicación e interdependencia entre los distintos países del mundo unificando sus mercados, sociedades y culturas, a través de una serie de transformaciones sociales, económicas
avanza a una velocidad más lenta de lo deseable. Las razones de este retraso están centradas en la actual desaceleración del comercio mundial, en la caída de los precios de las materias primas, en el menor crecimiento de las economías emergentes, y que la estabilidad financiera aún no está asegurada. O sea, persisten ciertos riesgos económicos y todavía se mantienen determinadas debilidades sectoriales, a pesar de haber transcurridos siete años desde el colapso de Lehman Brothers. Las perspectivas de la economía mundial para este año oscilan, por tanto, entre un crecimiento decepcionante y un crecimiento dispar.
El crecimiento potencial se podría ver mermado por tres factores de indudable significado: por la demografía y el mayor porcentaje de población envejecida que poblará el planeta; por la caída de la productividad, a pesar de los avances tecnológicos y la mejora de los aspectos organizativos; y, finalmente, por los legados de la crisis financiera mundial. Centrándonos en el tercer apartado resulta fácil presenciar altos niveles de endeudamiento, bajos niveles de inversión, y bancos débiles que apenas consiguen alcanzar los criterios de solvencia. En suma, rasgos que constituyen cargas muy pesadas para ciertas economías, como la europea y la española. Por otro lado, las economías emergentes siguen afrontando fuertes ajustes y, en la actualidad, se ven debilitadas por la caída de los precios de las materias primas y la baja demanda de las mismas por parte de China. Qué sucederá, entonces, a lo largo del 2016 y del próximo ejercicio. Podemos desagregar nuestro análisis en varios escenarios. El primero hace referencia al supuesto de que China invierta menos. Entonces, su demanda de materias primas se reducirá, prolongando un período de bajos precios en lo que atañe a dichas commodities, afectando a grandes países exportadores de las mismas, como Australia o Brasil, por ejemplo.
El segundo escenario se sustenta en la hipótesis de que los tipos de interés de la economía norteamericana se elevaran, por decisión de la FED. Ello supondría un aumento de los costes de financiación para algunos prestatarios (incluyendo tanto las economías emergentes como las de los países en desarrollo) arrastrando a una mayor toma de riesgos financieros en la totalidad de las operaciones y unas valoraciones más altas de los instrumentos de renta variables. Obligaría a vigilar los equilibrios de la economía internacional, dada la alta probabilidad de nuevas perturbaciones en los medios financieros y en las empresas. Y, por último, el tercer escenario, vendría definido si se incrementaran los tipos de interés y se produjera una fuerte apreciación del dólar. En este caso, las repercusiones sobre las empresas pueden ser elevadas. De ser cierto, empresas y países, que habían incurrido en apalancamientos financieros y en altos niveles de deuda, respectivamente, van a tener problemas, conduciendo en los próximos tiempos a nuevas moratorias y a un efecto-contagio nada halagüeño en los mercados.
¿Cómo se van a ir modelando, en consecuencia, las actuaciones? Lo normal es que se apliquen no solo medidas de corte estructural; de apoyo a la demanda; de atención a la preservación de la estabilidad financiera, por ejemplo; sino que todas las decisiones han de incorporar de manera taxativa los riesgos en la adopción de normas, al igual que la inexcusable implementación de políticas de monitorización, tanto en lo que refiere a las políticas financieras como cambiarias; es decir, a aquellas que afectan a lo que se denomina la guerra de divisas. Convendría, incluso, definir con mayor precisión, y aplicar con mayor intención, nuevas políticas macro-prudenciales para fortalecer las capacidades de resistencia y de flexibilidad de las economías ante las dinámicas de acumulación de deuda externa y de apalancamiento corporativo. Los próximos meses deberían contemplar una mayor apuesta por las reformas regulatorias.
Esto es, por aquellas medidas que incidan en enfoques de mayor transparencia y de supervisión, con el objetivo de ganar calidad de información (evitando sus asimetrías) y apostando por un rápido funcionamiento de los mecanismos de resolución de controversias. Y ello se debería hacer en el actual contexto: en una fase de menor crecimiento y de mayor incertidumbre. Por eso, este año debería ser el de los desafíos colectivos (tales como el cambio climático, migraciones, seguridad, cooperación, comercio exterior, etcétera). Deberíamos hacer lo que sea necesario para avanzar en estos campos; y luchar contra los intereses creados.
Hay, por tanto, que romper el axioma pronunciado por Juncker, por entonces primer ministro de Luxemburgo, y hoy presidente de la Comisión Europea, cuando afirmó «todos sabemos lo que hay que hacer; lo que no sabemos es cómo lograr que nos reelijan después de hacerlo».
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