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sábado, 7 de mayo de 2016

La bandera rojigualda y la tricolor no son incompatibles y ambas representan a España, solo que una de llas no es Constitucional.


El pasado 14 de abril, varios Ayuntamientos gobernados por las izquierdas exhibieron la bandera de la Segunda República, la tricolor roja-amarilla-morada. De inmediato, los medios conservadores les acusaron de realizar actos inconstitucionales e incluso antidemocráticos. Se cruzaron argumentos sobre las leyes acerca de los símbolos oficiales, la libertad de expresión y el significado de esa enseña. Una polémica que, dada la importancia de estos elementos en las identidades nacionales, habla de fracturas y visiones contrapuestas de la comunidad política. Porque hay, o al menos hubo, dos banderas de la nación española.

Durante el siglo XIX, la combinación roja-amarilla-roja se ganó el puesto de bandera nacional. Inventada en tiempos de Carlos III para la armada, los liberales la enarbolaron en sus luchas contra el absolutismo y se convirtió, con el respaldo de la monarquía constitucional, en el mejor símbolo de España. Así se consagró en las guerras coloniales, cuando comenzó a llamarse rojigualda para resaltar su valor, pues el amarillo se asimilaba al oro. Sus principales defensores provenían del Ejército, que la erigió en un tótem sagrado. Luego, como en otros países, llegó a la escuela y a toda clase de fiestas. Allá por 1869 surgió la idea de añadir a estos colores un tercero, para componer un diseño parecido al de la Revolución Francesa, madre de las demás. Y se eligió el morado, que se asociaba con los Comuneros de Castilla, rebeldes en el siglo XVI contra el tirano Carlos V en las historias progresistas: era el color de la libertad. Pero, hasta bien entrado el siglo XX, la tricolor española solo fue signo de los grupos republicanos, cuyo modelo era Francia. Y, durante años, las dos banderas fueron compatibles, pues el republicanismo empleaba ambas.

Así, la bandera republicana, junto con otros símbolos partidistas y territoriales, fue la del bando derrotado en la guerra. El franquismo se apropió de los emblemas nacionales hasta hacer que la oposición los odiara, pero, curiosamente, la tricolor apenas asomó en las manifestaciones contra la dictadura. En la transición a la democracia fueron pocos los partidos que la reivindicaron y en 1977 el Comunista aceptó la rojigualda. Carrillo declaró que con la republicana se había reprimido la insurrección de octubre de 1934, por lo que tampoco había que idolatrarla. Aunque la bicolor siguió despertando recelos, el escudo de 1981 la avaló como constitucional, reivindicada por los socialistas en su periodo de gobierno. La otra parecía olvidada.Pero el rey abrazó la dictadura de Primo de Rivera y la rojigualda, símbolo nacional casi indiscutible, quedó en emblema de la Monarquía. Cuando se proclamó la Segunda República, en medio del entusiasmo popular, la tricolor se impuso de manera casi inevitable y las expresiones monárquicas pasaron a la clandestinidad. La nueva bandera se presentó como la verdadera bandera nacional, la de la comunidad de ciudadanos que había surgido de los combates por la libertad y conectaba con el progreso mundial. En la Guerra Civil, y no sin algunas dudas iniciales, los sublevados recuperaron la vieja enseña, adornada con un escudo que enfatizaba su arraigo en la tradición.

Sin embargo, la enseña republicana resurgió en las protestas contra el Partido Popular a comienzos de este siglo. La reivindicación de las víctimas del régimen franquista y la puesta en solfa de los relatos habituales sobre la Transición impulsaron ese renacimiento. La crisis de la corona, que desembocó en la retirada de Juan Carlos I, también ayudó. Pese a todo, la bicolor ha demostrado su fortaleza y ha sido asumida por la mayoría de quienes se sienten españoles como algo propio, es el símbolo banal de los triunfos de La Roja. Es una bandera democrática, la del Estado de las autonomías integrado en Europa. Resulta pues insustituible.
Pero la tricolor conserva significados relevantes. Más allá del cambio en la jefatura del Estado o de proyectos radicales minoritarios, para una parte significativa del electorado representa la memoria de los vencidos, es la de Manuel Azaña o de Antonio Machado; y encarna a la vez los valores reformistas de aquella primera democracia española, ese republicanismo cívico que reivindica la igualdad junto a la libertad y la virtud. Ni la memoria —tornada reconciliación— ni el civismo son ajenos a la Constitución de 1978 y al sistema político actual. O no deberían serlo. Por eso, el pabellón republicano merece respeto y ambas enseñas tendrían que volver a ser compatibles. Las naciones, sobre todo las complejas, pueden tener varias banderas.
Javier Moreno Luzón es catedrático de Historia en la Universidad Complutense.
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