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miércoles, 18 de mayo de 2016

Por Europa común



En la reunión de mandatarios de la UE que se celebra hoy en Bruselas, se hará balance de los esfuerzos de Europa para crear puestos de trabajo, impulsar el crecimiento y mejorar la competitividad. La industria europea tiene que desempeñar un papel fundamental, siendo como es la mayor actividad económica, que representa casi el 20% del valor añadido bruto de Europa y más del 15% de nuestro empleo.
Mi padre hacía gala de su condición de trabajador siderúrgico. Al igual que en muchos otros lugares de Europa, la fábrica local era el aglutinante que mantenía unida a nuestra comunidad. Era el mayor empleador y el combustible para la economía local.
Las fábricas de hoy en día son muy distintas de las que conoció mi padre, pero la industria europea sigue siendo igual de importante. Nuestras industrias ejercen un sólido liderazgo en los mercados mundiales. Dan empleo a más de 50 millones de trabajadores en Europa. En ellas participan brillantes innovadores y emprendedores que aprovechan nuevas oportunidades.
La fuerza de nuestra industria siempre ha sido su capacidad para adaptarse e innovar. En un entorno mundial competitivo y en rápida evolución debemos aprovechar nuestros puntos fuertes: nuestra legión de talentos, nuestra mano de obra cualificada, nuestra tradición innovadora y no menos de 500 millones de consumidores en el mercado único. Es especialmente importante que nuestras fábricas estén a la vanguardia de las tecnologías limpias y la eficiencia energética, de modo que puedan reducir sus costes y depender menos de los proveedores de terceros países. Deben aprovechar las posibilidades que ofrece la difuminación de la tradicional línea divisoria entre productos, servicios y la economía digital. Debemos invertir colectivamente en nuestros ciudadanos, dotándoles de las competencias necesarias para adaptarse a los cambios en la vida laboral y de los derechos sociales oportunos para cambiar los modelos de empleo. Nuestras regiones y sus antiguas zonas industriales deben transformarse no sólo para construir caros apartamentos en la ribera del río, sino también para generar nuevos puestos de trabajo para los trabajadores locales.
La estrategia industrial de la Comisión Europea está apoyando esta transición hacia una economía moderna, limpia y equitativa, con un enfoque integral orientado a los resultados en los distintos ámbitos.
La industria debe aprovechar las oportunidades y hacer pleno uso de las soluciones de inversión de la UE, en particular el Plan de Inversiones para Europa, lo que algunos denominan el Plan Juncker. Este plan ha aportado financiación a la región del Norte-Paso de Calais para apoyar su conversión en una economía con bajas emisiones de carbono. Ha ayudado a los mayoristas siderúrgicos polacos a introducir nuevos servicios y a crear nuevos puestos de trabajo. Ha aportado ayuda para la construcción de una nueva fábrica de productos biológicos en Finlandia, así como para la primera instalación europea para el reciclaje y la refundición de titanio. La UE seguirá financiando las iniciativas innovadoras de su industria e invirtiendo en ellas, ya se trate de impresión en 3D, de plásticos de base biológica para embalajes o de nuevos sistemas para reducir el uso de agua en la industria química europea.
También seguiremos necesitando inversiones procedentes del extranjero. Y esto nos obliga a mantenernos abiertos a sus empresas y a mantener abiertos los mercados exteriores a las empresas europeas.
Pero no soy un ingenuo defensor del libre comercio. Tenemos que seguir enseñando los dientes, adoptando medidas contra las prácticas comerciales desleales, como hemos hecho al imponer derechos antidumping al acero chino, al maíz dulce procedente de Tailandia o al biodiésel de Estados Unidos, Indonesia y Argentina. Seguiremos haciendo uso de las posibilidades que nos ofrece la legislación en materia de ayudas estatales para respaldar la investigación y las inversiones ecológicas. Y vamos a promover nuestra autonomía estratégica y nuestra fortaleza industrial en los ámbitos del espacio y la defensa para no depender de Estados Unidos, China o Rusia.
Con más del 50% de las empresas de la Unión Europea formando parte de las cadenas de valor en el mundo, no podemos permitirnos retornar al aislacionismo y al proteccionismo. Nuestra industria y nuestra economía dependen de un comercio internacional libre, equitativo y sostenible. Analicemos, por ejemplo, el reciente acuerdo comercial alcanzado con Canadá, uno de los socios que más se nos asemeja. Es el acuerdo comercial más progresista que hemos firmado nunca y va a tener un efecto transformador: las exportaciones a Canadá ya suponen cerca de 900.000 puestos de trabajo en Europa y con la supresión de aranceles ayudaremos a nuestras empresas a ahorrar 500 millones de euros al año.
La pasada semana presenté un Libro Blanco sobre el futuro de Europa, ofreciendo vías para la unidad de los 27. Espero que, sobre esa base, podamos mantener un debate honesto y abierto sobre qué puede y qué debe hacer la UE para apoyar a la industria y aprovechar la globalización, por ejemplo en los ámbitos de la política fiscal, educativa o social.
En mi opinión, una cosa está clara: no veo ningún escenario en el que el nacionalismo económico pueda ser coherente con la idea de Europa o con la prosperidad de sus ciudadanos. Creo en una Europa con una política industrial común sólida que garantice el éxito incluso en tiempos tan difíciles como éstos. Esta política desempeña un papel fundamental en la Europa por la que estoy luchando.
Jean-Claude Juncker es presidente de la Comisión Europea.
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