Sigue el blog por EMAIL. Seguir por EMAIL

lunes, 23 de mayo de 2016

Hay quienes son capaces de encontrarse bien hasta en el desastre, sobre todo cuando éste es ajeno.



Stefano-bonazzi-07
Hay quienes son capaces de encontrarse bien hasta en el desastre. No es su desastre. Por lo visto, les produce algún alivio. Por eso tratan de proclamarlo cuanto antes. A veces, es decir, no siempre, el desastre es más fácil de detectar mientras sucede que cuando ya ha sucedido. Se abriga en el vaticinio. Aunque, en ocasiones, el que ya haya ocurrido puede producir una cierta impresión de calma. Eso nos permite quizá describirlo, e incluso, no sin buenas razones, denunciarlo. Hasta con estruendo. Pero a la par parece no comprometernos demasiado. Por eso tendemos a anunciarlo y a hacer ostentación de haberlo anticipado, lo que supuestamente nos libera de alguna responsabilidad. Es tal la eficacia de esta anticipación que, si nos descuidamos, con ella lo hacemos llegar. Así se ratificaría lo que para algunos es lo decisivo: que teníamos razón.
A pesar de sentirnos afectados por el impacto de lo calamitoso que el desastre significa, puede resultar paradójico que quepa instalarse en su comodidad. Desde ese sofá atalaya, más o menos desalentados, nos pronunciamos sobre el espectáculo que nos proporciona. No por ello deja de ser impresentable, si bien en cierto sentido alivia considerar que no resulta ser cosa nuestra o, mejor, que no depende de nosotros. Nos afecta en sus consecuencias pero, si nos situamos adecuadamente, pronto podremos liberarnos de sus causas. Ahora ya solo queda participar en el festín de las descalificaciones. O, al menos, de las descripciones. Así, el desastre viene a ser un decisivo tema de conversación.
Si no proclamáramos el triunfo del desastre y nos limitáramos a una posición activa y crítica, todo nos sería más exigente y más complejo. Deberíamos analizar y distinguir, y trabajar pormenorizada e intensamente por abordar la situación. Precisamente, y entre otras razones, para evitarlo. También por ello el desastre no tarda en encontrar aliados para anticiparse incluso a su propia irrupción, lo que sin duda la favorece. Más aún, entonces el verdadero desastre sería considerar que nuestra pasiva proclamación lo ratifica como advenido. Tal y como está el asunto y dado el desastre imperante, tal vez podamos dedicarnos a otra cosa, es decir, a nuestras cosas
Quienes verdaderamente han sentido el desastre acostumbran, sin embargo, a escuchar que algunos estiman que lo que sucede no es para tanto, es decir, lo que les ocurre a ellos. A la par, los cronistas del desastre se sienten muy concernidos por cuanto puede servirles para mostrarse absolutamente al margen. Y desde la limpia mirada de la distancia propician que el desastre no deje de serlo. No es preciso llegar al extremo de hacerlo crecer. Tampoco es cuestión de tantear y de contabilizar los partidarios o no y en qué dimensión o alcance lo que ocurre es un desastre o es el desastre mismo. Lo interesante es su relación con quienes realmente somos y deseamos ser, en el caso de que aún nos quede algo de eso.
The-boy-part-2
En realidad, el vínculo entre el desastre y el deseo es más que etimológico. No es preciso detenerse en Spinoza, baste recordar que para él “el deseo es la esencia misma del ser humano en cuanto es concebida como determinada a obrar algo por una afección cualquiera dada en ella.” Este esfuerzo por perseverar en suser, este conatus, es absolutamente clave de la singularidad y determinante para no reducirse a lo que ya se es. Ni siquiera a lo que ya está dado, dicho o escrito, aunque fuera en los astros. De-siderare supone arrancarse a lo que parece dictado en ellos, en los sidera, prefijado estelarmente para los mortales. Otro tanto dice des-astre.
Efectivamente, puede resultar preocupante que la proclamación del desastre sucedido no sea sino la satisfacción y el pleno cumplimiento del mal caracterizado deseo. Y entonces sí que estamos perdidos. Reducido a un mero querer cosas, el deseo se agosta en la satisfacción o insatisfacción de las mismas. De ser así, tal vez incluso demandemos a éstas, sean de la especie que fueren, que den respuesta a nuestro deseo. Perderíamos con ello la posibilidad del placer, que se debatiría en la reducción a puro gusto o disgusto. Apenas tendríamos voz para anunciarlo y, desde luego, no habría ni vestigios de palabra. No pasaríamos, en el curioso mejor de los casos, de estar disgustados, lo que no nos impediría proseguir en nuestras labores de ir queriendo nuestras cosas. Y, tal vez, lográndolas. Hasta podría parecernos más que suficiente. La proclamación del desastre irrumpiría esporádicamente como el estribillo de un cansancio sobre el que acunar nuestras actividades, ya liberadas de otros compromisos, con lo que ya ha acabado de ser, de ser, precisamente, un desastre.
Esto conllevaría algunas tristezas, cierto malestar, determinadas incomodidades, que, sin dejar de ser serias y profundas, resultarían compatibles con una existencia cotidiana con otros atractivos. Mientras tanto, otros habrían de lidiar con ese desastre, a fin de cuentas, pensamos, indiferente de nuestra acción. Eso tan nuestro sería asunto suyo. El disgusto coincidiría con el alivio. Que nos lo resuelvan.
 
To_live_home_by_stefano83
Puestos a ser exigentes, y eso, como reiteramos, es imprescindible, para empezar, con nosotros mismos, convendría ser minucioso antes de cualquier proclamación. En primer lugar, por el tono sentencioso que tal palabra tiene. Gadamer viene a subrayar que ella es el modo de decir de lo jurídico. Más artístico y creador resultaría hacer una declaración de desastre. Pero eso nos comprometería más. En primer lugar, porque supondría incluirnos y ello requiere otra actitud. Que todo sea un desastre puede ser doloroso, pero que en ese todo nos encontremos también nosotros supondría reconocer lo desastre que asimismo somos y podemos ser, y no parecía tratarse de eso. Más bien buscábamos una proclamación que nos permitiera distinguirnos y ahora se nos propone incorporarnos. Pensaremos que hacemos bien en no colaborar para ello, pero una forma poco presentable de lograrlo es no reconocer alguna pertenencia a lo que buscamos proclamar y, tal vez, habríamos de declarar.
La declaración nos mueve a la acción, a sabernos miembros de aquello de lo que hablamos y nos hace hablar, nos hace sabernos y sentirnos en lo que, aunque en principio no sucede en nosotros mismos y no nos pertenece, nosotros sí formamos parte de cuanto es. Declarar es implicarse en la labor y no limitarnos a airearlo.
No deja de ser sintomática esta celebración permanente del desastre. No se cuestiona su alcance, se trata de pensar hasta qué punto eso nos exime de intervenir, de participar, y no sería sino una forma de colaborar a su entronización. Así, el desastre campa viendo él, a su vez, como es mirado. Y este juego de miradas justifica su éxito y nuestra pasividad. Es admirable y, si nos descuidamos, digno de emulación. Tarde o temprano, la proclamación del desastre propiciará un nuevo vaticinio. Bien fácil, por cierto. Se tratará de una constatación, la de que ese desastre es tan nuestro que será, por fin, nuestro desastre. Tal vez, por ello, antes de semejante proclamación, conviene afrontar ciertas tareas y no despejarlas a otra orilla.
The-girl-part-113

Publicar un comentario