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jueves, 19 de mayo de 2016

Good bye, Lenin; adiós, IU.

Podemos pierde su “transversalidad” para sumirse en el comunismo

En una famosa escena de Good bye Lenin, la estatua de Vladimir Ilich pasaba por delante de la vieja comunista, transportada por un helicóptero, camino de su retiro definitivo. Ahora la alianza de Podemos con IU ha sido valorada por muchos como el regreso a Lenin de la izquierda española. La estatua vuelve a su sitio y Podemos pierde su “transversalidad” para sumirse en el comunismo, cuyo espectro renace a efectos de propaganda.
Lo cierto es que, como Julio Anguita destacara, el “sabio adaptador de Lenin” ha sido Iglesias, no Garzón, a pesar del pluralismo de su base electoral. Un “leninismo amable”, Monedero dixit, constituye la identidad de su estrategia política, desde la fórmula organizativa adoptada a la táctica de captación/destrucción de todo oponente y/o aliado. La pieza mayor a cobrar ha sido y es, sin duda, el PSOE, mientras que la acción sobre IU, ahora consumada, se remonta a los preliminares de Podemos.
IU tuvo siempre dificultades para precisar su estrategia desde que su fundación en 1986 sobre diseño de Nicolás Sartorius y aval de Gerardo Iglesias. Sería una especie de Osiris político, donde a los pedazos reintegrados del difunto eurocomunismo, deberían sumarse otras izquierdas, a efectos de corregir la deriva liberal de Felipe González, sin concesión alguna a la derecha ni al izquierdismo antidemocrático. La llegada al mando de Anguita simplificó las cosas radicalmente, con su dualismo anticapitalista, “las dos orillas”, heredado tanto por Pablo Iglesias como, sobre todo, por la IU de Garzón, una vez invalidado por la crisis el retorno a la visión de conjunto de la izquierda planteada por Llamazares.
La fascinación de Garzón ante Iglesias resultó siempre evidente, hasta el punto de que el predominio de su línea en la coalición implicaba la inserción inevitable en IU. Sin llegar a la ida y vuelta con aires de farsa protagonizada por Tania Sánchez, la identificación ideológica era tal —con retorques: “bipartidismo” por “casta”—, que resultó lícito hablar de submarinismo político. Garzón era simplemente más esquemático que Iglesias, cuyo sentido hegemónico impidió el primer acuerdo. Éste llega ahora sin el menor debate ideológico. Solo cuentan los puestos, y aun ahí el número cinco otorgado a Garzón, en espera de que un fraude de ley permita a IU tener grupo, constituye un claro signo de subordinación, de fin de historia.
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