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miércoles, 18 de mayo de 2016

¿En qué España les va a proponer Podemos a los catalanes que se queden?

El Senado (en la imagen, el de Madrid) es en muchos países federtales la cámara territorial.

El Senado (en la imagen, el de Madrid) es en muchos países federales la cámara territorial.
Hace algunas semanas, Iñigo Errejón era preguntado por su posición frente al federalismo. Su respuesta me resultó sumamente decepcionante, máxime viniendo de alguien que hace gala de su condición de politólogo: “Estamos aguardando a ver en qué se concreta la oferta del PSOE”. Ni una palabra de valoración de la propuesta federal, ni la menor reflexión sobre la manera en que se debe materializar políticamente la articulación entre las diversas naciones que componen España, ni, menos aún, cómo se sustanciaría el nuevo encaje de Cataluña en ella.

A quienes vivimos en Cataluña semejante actitud no nos viene de nuevas. Las fuerzas políticas catalanas homologadas con Podemos llevan tiempo instaladas en idéntica indefinición, de la que no parecen dispuestas a apartarse. Y, también como el partido de Iglesias, cada vez que son requeridos a que concreten su posición, a lo máximo que llegan es a vaporosas exhortaciones, más o menos líricas, sobre la necesaria fraternidad entre los pueblos de España.
Podemos lleva escondido tras el burladero de la indefinición demasiado tiempo. En verano de 2014 el mismo Errejón, consultado por Pablo Iglesias respecto a si convenía que participara en un debate con Pedro Sánchez y Alberto Garzón sobre el modelo de Estado, proponía la siguiente astucia: “Dudo. creo que habría que ponerse de medio lado en este tema, pero no sé si es posible. no ganamos nada en lo táctico”. Palabras textuales. Que casi dos años después lo máximo que hayan llegado a concretar a este respecto los líderes de Podemos es que preferirían que Cataluña permaneciera en España no es de recibo. Porque: ¿en qué España les van a proponer a los catalanes que se queden? ¿En una España jacobinamente centralista? ¿Autonómica? ¿Federal? ¿Confederal? ¿O es que dispone la formación morada de algún modelo propio e inédito del que aún no han informado?
En realidad, la única propuesta que intenta institucionalizar el valor de la fraternidad es el federalismo. Porque lejos de contentarse con apelar a este valor como horizonte último hacia el que tender, o como idea reguladora para tutelar nuestras acciones, se esfuerza por dotar a la fraternidad de contenido político. El federalismo representa la forma política de la fraternidad. O también: es la corriente que hace suya la fraternidad como valor político universal.
¿En qué España les va a proponer Podemos a los catalanes que se queden?
Porque, aunque la fraternidad se inspire en una metáfora, la de que los individuos o ciudadanos libres se tratan políticamente a sí mismos como hermanas y hermanos de una misma familia extendida que es la sociedad, de dicha metáfora se desprende un tipo específico de relación política y jurídica. Entre otras razones, porque donde el concepto pone el énfasis es en la relación horizontal (entre hermanos, que en la esfera de la política territorial serían los entes federados), no en la relación vertical que compartirían (con el padre, que en este mismo caso vendría representado por el Estado). Es precisamente esta relación de igual a igual la que genera una unidad superior (la federación, expresión materializada de la voluntad de estar juntos). Nada más alejado por tanto del espíritu de la fraternidad que contentarse con la generalización de determinados afectos, como hace un cierto fraternalismo light. El nervio de la fraternidad, por el contrario, es la exigencia de que los fraternos se traten entre sí como iguales.
Nos encontramos, pues, ante una premisa con un contenido de inequívoco aliento emancipador. Cosa que la aleja también de esos otros planteamientos que, significativamente, prefieren como metáfora-guía para pensar las relaciones entre territorios la del matrimonio (con la consiguiente reivindicación del divorcio como receta en caso de conflicto). Son estos mismos planteamientos los que, también significativamente, suelen utilizar con desdén la expresión café para todos para rechazar la igualdad en cuanto se les antoja excesivamente gravosa.
Pero mientras los últimos resultan perfectamente previsibles (nada teme más el nacionalismo que el federalismo), los anteriores, en su inanidad, tampoco deberían dejar de preocuparnos. Precisamente porque “fraternidad” quiere decir universalización de la egaliberté republicana (Balibar dixit), los programas políticos fraternales promovidos por el federalismo, con su empeño por la emancipación y la voluntad de cooperación, deberían ocupar un lugar prioritario en el escenario de la política actual. Esperemos que nadie se ponga de medio lado cuando llegue el momento de convertirlos en realidad.
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