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sábado, 21 de mayo de 2016

El tremendo por intencionado error de la comparación DEUDA/PIB

España está entre los siete países del mundo que más avanzaron en renta, PIB, servicios sociales, educación, bienestar, infraestructuras, cultura y calidad democrática. Y si retrotraemos el análisis a los años sesenta, somos el number one indiscutible. Ello no obstante, a pesar de tan vertiginoso progreso, no figuramos entre los nuevos ricos del mundo, porque, dueños también de una historia brillantísima, aunque convulsa y llena de claroscuros, poseemos tradiciones, patrimonio material e inmaterial, lengua y literatura, paisajes y naturaleza, posición geográfica y clima, identidad y singularidad que nos hacen figurar entre los pueblos más destacados del mundo.
Cuando salimos fuera, casi todos coincidimos en abrazar con entusiasmo el Spanish Way of Life, y casi siempre vemos reflejado en nuestras calles el acervo del buen vivir con el que describimos a los países más envidiados de la civilización contemporánea. Y, a pesar de todo, en un contexto de paradojas difíciles de explicar, nos hemos construido un escenario de acción política que la inmensa mayoría describiría como deleznable, corrupto, ineficiente, injusto, desigual, machista, anticuado, desastroso y arruinado. Quizá por eso no entendemos nada de lo que nos pasa, ni acertamos con soluciones adecuadas para esta pesadilla social y política en la que estamos instalados. Porque esta visión paradójica, lejos de ser una metáfora literaria o una apreciación subjetiva, es un hecho objetivo que el CIS constata en sus encuestas, donde más del 80 % de la población se declara satisfecha y feliz en este país ruin y empobrecido, y donde alrededor de un 70 % manifiesta tener las buenas expectativas que considera inalcanzables para todos los demás.
No quiero decir que vivamos en un país perfecto, que para eso ya están Finlandia e Islandia. Ni que debamos ignorar los graves problemas que esta coyuntura nos ha traído. Solo quiero comentar la extrañeza que produce esta imagen bipolar de nuestra realidad social y política, que no cede ni se mitiga con los importantes logros de los sistemas social, educativo, sanitario y democrático. Y tampoco hablo así por puro chauvinismo, que es un mal del que, gracias a Dios, no padezco. Solo me preocupa que la imagen distorsionada y bipolar de este precioso país nos impida adoptar decisiones políticas razonables y eficientes, o buscar los remedios allí donde abundan, y que, por vivir en la parte buena de la esfera, y razonar desde la cara oscura, acabemos apostando por un populismo revisionista que ponga todo patas arriba antes de que despertemos de la pesadilla. Porque si hemos llegado aquí fue por apegarnos al buen gobierno, y no tendría sentido que ahora, ya maduros, apostemos el futuro a la ruleta.
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