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domingo, 22 de mayo de 2016

Don Antonio Cañizares, cardenal español, marcas las pautas homosexuales/feminismo/iglesia.


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Hay arzobispos que tienen un concepto propio de lo que es un imperio. Seria interesante entrar en sus mentes y averiguar de qué cosas están hechas. Cañizares, por decir uno, va dando pistas de qué ocupa todavía el pensamiento de una Iglesia que contradice tanto el discurso pop del nuevo papa. Por momentos, el argentino parece estar buscando otra piedra sobre la que edificar su iglesia, pero entonces abre la boca un Cañizares y la arquitectura de Francisco se despeña.
Hasta hace dos misas de domingo, lo que un arzobispo decía en el púlpito entraba en el cerebro social con la violencia organizada de una trepanación. Mientras algunos curas adaptaban sus degeneraciones a la obligación de ser castos, las homilías esculpían la moral colectiva y un modelo rígido de familia en el que sobraban invertidos y machorras. Hoy, el discurso desquiciado sobre el advenimiento de un imperialismo de tipo gay que escuchamos estos días solo es capaz de provocar el cachondeo displicente que inspiran las grandes bobadas cuando son pronunciadas con la ceremonia de un discurso histórico. No hay forma más eficaz de hacer el ridículo.
Hay quien cree en la jerarquía de los católicos que la destrucción de Occidente no vendrá de la codicia, ni de la indiferencia ante la desgracia ajena, ni siquiera de la injusticia. Al parecer hay arzobispos que olfatean oscuras y definitivas amenazas en el revoloteo de una pandilla de maricas que corren por las calles con la bandera gay. Si alguien dentro de los palacios de la Iglesia cree que esta es la batalla que debe librar una organización que se anuncia como un bálsamo para el espíritu, es que tiene más problemas de los que todos vemos
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