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lunes, 23 de mayo de 2016

Deseamos, necesitamos, ver y entender el anhelo cartesiano de la vida.

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La absoluta transparencia, tan necesaria, permite a la par acceder también a lo que, una vez transparente, nos confirma que no es traslúcido, y no siempre por ocultación. La claridad y la distinción no son solo un anhelo cartesiano. Deseamos, necesitamos, ver y entender. Y saber. Efectivamente, en ocasiones sería suficiente con una mayor transparencia y luminosidad. Sin embargo, a pesar de la más decidida voluntad, no pocas veces no es fácil que todo resulte claro, lo que no impide, antes bien exige, que haya de buscarse con insistencia. Sin embargo, ni siquiera siempre podría deberse a la opacidad. A plena luz del día, una cierta bruma, una niebla, una nubosidad, una distancia, o cierta perspectiva parecen complicarlo todo. Pero ello alienta más la determinación.
Quizá no se trate de eso y la incertidumbre y la perplejidad se correspondan con la complejidad de lo que pretendemos tener claro. Tal vez, eso que nos resulta enrevesado, o lo que vemos incluso turbio, es sencillamente así. Tendemos a pensar que es porque se nos ofrece alterado, emboscado, pero cabría suceder que lo que encontramos brumoso simplemente lo sea. No es cosa de hacer de tamaño planteamiento una excusa para la permanente difuminación o esfumación de la claridad, pero tampoco conviene mantenernos en la ingenuidad de que pensar lo que ocurre es siempre y solo aclararlo.

Y en este terreno se desenvuelven las decisiones que constituyen nuestra existencia. Aguardar a que todo se presente claro y sin fisuras para actuar es un pretexto para no hacerlo. No es cosa de animar a la desaforada y desconsiderada actividad, o a la falta de reflexión o de análisis, pero asimismo el absoluto e incontestable asentamiento en la seguridad, como condición para la acción, puede ser un subterfugio para liberarse de ella. Y la cuestión es desenvolverse en la línea que no confunde esta voluntad de tener las cosas claras, como se dice, con precipitarse a liquidar su complejidad con cualquier posición simplista, que entenderíamos como clarificadora.
Merecen reconocimiento quienes tratan de dilucidar y nos ayudan a hacerlo. Precisamente por ello la vida es el permanente proceso de aprender a elegir, y a hacerlo argumentada y justificadamente en contextos no siempre ya perfilados. De ahí que la transparencia haya de ser asimismo la de los motivos de las acciones. Solo así la comunicación que alienta nuestras relaciones se sostiene en la tarea conjunta de ofrecer la máxima claridad, conscientes a su vez de que ello no elude las complicaciones de cada situación, ni ha de ser una coartada para la parálisis.
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