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lunes, 23 de mayo de 2016

Cervantes no asistió a los actos del IV centenario de su muerte.

En primer lugar, porque el funeral está muy mal organizado. Y además, porque Cervantes está muy vivo. Más contemporáneo que nunca. “Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y nariz corva, aunque bien proporcionada”, dice en su autorretrato. Alegres ojos. Una mirada que traspasa los siglos. Un clásico de transfusión incesante, que reactiva el presente con ironía, libertad y maravilla. La que está difunta es la oficialidad cultural, con un Gobierno ahora en funciones, pero que ha estado pasmado para la cultura cuatro años como cuatro siglos. Cuando no pasmado, faltón. Es un lugar común en debates y tertulias el descartar la teoría de las conspiraciones. Conspiranoico es una descalificación que te deja fuera de juego, como a un disidente chiflado. Así que yo tampoco creo en las conspiraciones, pero haberlas haylas. Y contra la cultura en España ha habido algo muy parecido a una conspiración. No, no creo que se haya reunido un comité bajo el epígrafe ¿Cómo acabar de una vez por todas con la cultura? Eso sería demasiado divertido. Hay que tener cierta cultura incluso para acabar con la cultura.
La de “política cultural” no es una expresión feliz, pero más infeliz es una política cultural consistente en embestir contra la cultura. Y esa es la manera campante, incluso en el hablar. El acometer.
Con ese don de reactivar el presente desde el pasado, lo expresa Cervantes por boca de Sancho Panza en la segunda parte del Quijote: “Tiempos hay de acometer, y tiempos de retirar, y no ha de ser todo ¡Santiago y cierra España!”.
Contra la cultura en España ha habido algo muy parecido a una conspiración. Y la oficialidad cultural está difunta
Eso que dice Sancho a Sansón Carrasco, eso sí que es un tuit que atraviesa la historia, un mensaje portador de sentido, un regalo de ironía y sutileza contra la gran costra de intolerancia y grosería.
En la España de hoy, el acometer se ha convertido en una adicción. El líder que niega el saludo al interlocutor. El cargo que disculpa la corrupción del propio partido con la corrupción de los otros, a ver quién acarrea más sacos de mierda. La declaración que demoniza al otro, el uso del lenguaje como arma destructiva. Resulta muy alarmante, por ejemplo, que una parte importante de ciudadanos que reclaman de forma pacífica una consulta, lo que llaman el “derecho a decidir”, sean tratados como una especie de subciudadanos con los que es pecado constitucional dialogar. Lástima que no motivaran más reflexiones, en lugar de acometidas, las palabras de Julio Rodríguez, militar y cervantino, exjefe de Estado Mayor de la Defensa, cuando habló de una “propuesta para enamorar a Cataluña”. No, no todo va a ser acometer. No todo va a ser ¡Santiago y cierra España!
La imprevisión y la desidia gubernamental en el caso del IV centenario de la muerte de Cervantes, que contrasta con el programa conmemorativo de Reino Unido sobre Shakespeare, es una consecuencia de esa política de la acometida permanente. Cuando toda la estrategia se centra en la acometida, se atrofia la capacidad para convocar y unir, para crear confianzas básicas. Para el IV centenario hay un interlocutor imprescindible, la Real Academia Española, que hoy preside un hombre sabio y cervantino, Darío Villanueva. Se ha perdido mucho tiempo, hay mucha gente indignada. Ni siquiera el ilustre florete de Luis María Anson, que cimbrea indignado en su tribuna de El Cultural, ha conseguido despeinar a Cristóbal Montoro, ducho especialista en acometidas culturales.
Si algo puede unir pluralidades y crear una confianza básica en España es Cervantes. Eso no significa que la cultura española, y la literatura en particular, sea de tradición muy cervantina. La obra de Cervantes, tan audaz, tan valiente, pertenece a la tradición de la antitradición. Su gran revolución, la ironía, enlaza con la cultura popular carnavalesca, la estirpe del humor que conoce el dolor y hace pensar. Por eso este Gobierno, ya zombi, y los que vengan deberían ser, para empezar, más cervantinos. Es decir, entender que la cultura es el líquido amniótico de la libertad. Y que la libertad está para ejercerla. La crítica y el inconformismo son parte de la identidad de la gente de la cultura. Le dice Sancho al barbero: “Yo no estoy preñado de nadie ni soy hombre que me dejaría empreñar del rey que fuese”. Ante la libertad, no decora al Poder el capricho de ser vengativo.
Pero cuando se está en permanente acometida no se escucha al otro. No se escucha ni a Cervantes.
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