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jueves, 12 de mayo de 2016

Brasil, políticamente, no existe.


La corrupción en el poder, incentivada por el propio sistema político, ha precipitado al país en una profunda crisis de solución incierta

La promesa del futuro. El sueño del orden y el progreso. La utopía de la democracia racial. Brasil lleva más de un siglo buscando su destino en un porvenir que acaba revelándose espejismo mientras pareciera que el pasado y sus profundas cicatrices marcan el rumbo. Una colonización puramente extractiva de recursos físicos —azúcar, café, caucho, diamantes, lo que demandase en cada momento el mercado internacional— y humanos —la esclavitud no sería abolida hasta 1888— deja secuelas, y unas dimensiones continentales —aún es debate entre los historiadores las causas que hicieron posible que el país se mantuviese unido —imponen unas expectativas.
Razones geográficas, históricas, culturales modelaron una sociedad excepcional y, en cierta manera, bipolar. A la exuberancia de la sensualidad, la alegría del forró, la belleza de las playas y hasta hace bien poco la magia de su fútbol, —la marca turística de Brasil—, se contrapone la timidez de sus habitantes, el susurro y melancolía de la bossa nova y la desdicha de la pobreza y la desigualdad. Y en ese juego de opuestos, el éxito como nación, forjada sin la violencia de Europa o Estados Unidos, y el fracaso como Estado con instituciones débiles y una democracia aún frágil. País racista sin segregación, como dijo a este periódico uno de sus más eminentes antropólogos, Roberto Da Matta, parafraseando al escritor Jorge Amado, con una larga tradición de arrogancia y corrupción de sus élites, educado en el respeto a la jerarquía y en la reverencia al poder y construido sobre la exclusión, Brasil ha intentado en numerosas ocasiones a lo largo de su historia contemporánea inaugurar una era de prosperidad e integración de la mano de presidentes que marcaron una época, aún vivos en el recuerdo y en sus obras, desde la demagogia populista de Getúlio Vargas, que dejó el poder antes de lo expulsaran pegándose un tiro en su despacho, hasta la Brasilia de Juscelino Kubitschek pasando por la imprudencia izquierdista de João Goulart, —derrocado por el golpe militar de 1964—, hasta la racionalidad de Fernando Henrique Cardoso o la inspiración de Lula da Silva.
Con la llegada al poder de Lula, el obrero metalúrgico que perdió un dedo siendo adolescente en la fábrica, el emigrante pobre en São Paulo, el niño que vendió frutas por las calles, el hombre que hablaba de fútbol y bebía cachaça, el político que representaba a dos de cada tres brasileños, parecía que esta vez sí, que esta vez Brasil iba a convertirse en la potencia que el destino había burlado tantas veces. Hace tan solo seis años, con un crecimiento económico del 7,5%, con un país sede del Mundial de Fútbol y de los Juegos Olímpicos, no había probablemente figura mundial, salvo Obama, tan popular en el planeta.
Aquella oportunidad parece haberse evaporado. La corrupción en el poder, incentivada por el propio sistema político, la ausencia de reformas y la permanencia de disfunciones estructurales, la pérdida de conexión con la calle y la trágica incapacidad para satisfacer unas demandas sociales en crecimiento exponencial, junto con causas exógenas relacionadas con la economía global, han precipitado a Brasil en una profunda crisis de solución incierta. Vuelve el centroderecha al poder, vuelve el PMDB, el partido que nunca se fue de Estados y municipios, vuelve el ajuste con mano dura. O Pais, como les gusta decir a los brasileños, necesitaba un purgante, pero visto el espectáculo dado por la clase política con la forma de sacar a Dilma Rousseff de la presidencia resulta una incógnita saber si la democracia brasileña saldrá fortalecida o no de este trance. Ojalá que el pasado no vuelva esta vez a atropellar el futuro.
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