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martes, 24 de mayo de 2016

Anna Gabriel, una hiena catalana que vive de la política española.

Anna Gabriel i Sabaté.jpg

Anna Gabriel es la política más valorada en Cataluña. No es broma. Rozó el clímax el día que, frisando el tiempo de descuento, consiguió echar de la Generalitat a Artur Mas. Demasiado burgués para liderar el tránsito de las masas –a las que ella dice representar– al «flower power» de la República independiente de Cataluña. Conocedora de que el alma de justiciera social que su abuela le inculcó solo adquiere fuerza con gestos frikies que aireen los telediarios (su compañero David Fernández lo probó con éxito sacándose un zapato en una comparecencia de Rodrigo Rato), consiguió ayer solo con su lengua el redoble de tambores. Cuando todavía nos estábamos recuperando de aquel incomparable «somos las nietas de las brujas que no pudieron quemar» que alzó a la plaza pública, Anna animó a los catalanes a que tengan hijos en la tribu, compartidos por otros padres, para acabar, aclaró, con los pensamientos conservadores de que solo hay que cuidar a los vástagos propios.
Asaz modernidad, que recupera las comunas hippies de los años sesenta del siglo pasado, es todo el fruto que ha podido exprimirse de un cráneo tocado, además, por un peinado todavía más moderno que las ideas transgresoras que enarbola: un corte «a lo borroka» que popularizaron las nekanes batasunas hace una década. No me dirán que Anna no está a la última en todo. Y es que una de las fuerzas motoras de grupos como la Cup, Podemos o Compromís es justamente vender como nuevo lo más vetusto, trasnochado y moribundo de las ideologías del siglo pasado. Qué decir de las esponjas lavables para la menstruación o de la okupación de la propiedad privada reclamadas como símbolos de la lucha social del siglo XXI. Pero bajo esas propuestas «novedosas» siempre subyace una intención aviesa y poco confesable: liquidar la libertad de los ciudadanos violando cada espacio de su autonomía personal y política. Primero entran en el recibidor donde constatan que el retrato del abuelo es el de un republicano asesinado por la dictadura; después en el salón, para controlar que el televisor solo esté conectado a las teles podemitas o, como mucho, a la pública, cuando el politburó la dirija; a continuación visitando el lavabo para sustituir los capitalistas tampones por toallitas de la abuela; y, finalmente, allanando nuestros afectos, el almario de nuestros sentimientos maternales, filiales o de pareja.

Por eso Anna, que representa nada menos que a 350.000 catalanes que después de escucharla tendrán mucho que reflexionar, decidió ayer acabar de un plumazo con el más puro instinto paternal de protección a un hijo para dar paso a una especie de «socialización» del niño en la tribu; así todos le cuidarán y su padre no será tan «conservador» y egoísta de quererle por encima de los demás. Espero que José Antonio Marina, autor del delicioso trabajo «Aprender a vivir», en el que habla de otras tribus educativas y civilizadas, padeciera ayer sordera transitoria.
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