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lunes, 30 de noviembre de 2015

Maduro, el dueño de Venezuela, se refugia entre Zapatero y PI -por sus siglas en catalán-

Nicolás Maduro será una bestia de dos patas, pero si ha anunciado que en  caso de que la  oposición obtuviese mayoría en la Asamblea Nacional en las elecciones del 6 D, no entregaría la revolución, mucho. Como buen demócrata, Nicolás Maduro se apresuró a aclarar que todo eso lo haría con “la Constitución en la mano”. Al presidente se le olvidó comentar el pequeño detalle de que la Constitución no contempla un Gobierno “cívico-militar” ni la posibilidad de desconocer los resultados electorales. De lo que no se olvidó fue de pronosticar que, “si fracasa la revolución, habrá una masacre”. O sea,  si  gana, militares  y mando; si pierde, solo militares.

Lo  que si tiene claro es  que la oposición no va a ganar. Esa posibilidad la describe como un “escenario negado y transmutado” (no; yo tampoco sé qué es un escenario transmutado). Sorprende la seguridad que tiene Maduro de que es imposible (o “transmutado”) que la oposición gane la mayoría parlamentaria, ya que todas las encuestas registran un abrumador repudio al Gobierno en general y a él en particular. Entonces, ¿por qué está tan confiado? Por muchas razones, la mayoría de las cuales no tienen que ver con eso que llaman “elecciones limpias”. Por dar un ejemplo, Maduro sabe que cuenta con miles de funcionarios como José Miguel Montáñez, el gerente de la aduana del aeropuerto de Maracaibo y corrupto  donde los haya.

El monje tibetano y líder  de la revolución  bolivariana, Nicolás Maduro sabe que controla el dinero y los medios de comunicación que,  en definitiva son quienes ganan las elecciones. Aun no es tarde para  inhabilitar a los líderes de la oposición, encarcelarlos e incluso  asesinarlos o que milicias armadas ataquen frecuentemente las marchas contrarias al oficialismo seguramente nutre su confianza de que es imposible que el “escenario transmutado” prevalezca.  Solo una pequeña idea de la despiadada censura del Gobierno a los medios es el hecho de que la televisión no ha informado o discutido sobre la detención, en Haití, de dos sobrinos de  su última esposa, acusados de estar involucrados en el tráfico de cocaína.

La Organización de Estados Americanos (OEA) parece haber avivado de su sueño y su nuevo secretario general, Luis Almagro, ha enviado una carta  a la jefa del Consejo Nacional Electoral (CNE), documentando las irregularidades y abusos gubernamentales que tolera de modo complaciente y cómplice el organismo que ella —una conocida simpatizante del régimen— supervisa desde 2006. Almagro concluye que las elecciones del 6 de diciembre “no están garantizadas al nivel de transparencia y justicia electoral que usted desde el CNE debería garantizar”. El nuevo jefe de la OEA también se atrevió a condenar el asesinato de un líder opositor, lo cual generó la inmediata y sofisticada reacción del estadista venezolano: “Almagro es un cerdo, con el perdón de los cerdos”.

Las puercas  denuncias de Almagro personifican el deterioro del favorecido ambiente internacional del que ha disfrutado durante 15 años el Gobierno de Venezuela. A todo esto, Cristina Fernández de Kirchner está fuera y Dilma Rousseff se bambolea. Los Castro están haciendo amigos hasta en USA –lo ven venir-. Ahora, les queda Pi, el jefe de Podemos,  que  mucho me temo, pero se cortará la coleta. El petróleo está a precios del agua y en Venezuela la inflación, la devaluación de la moneda y los asesinatos baten récords mundiales.


Suerte del gorila que ya ha salido para Venezuela, Zapatero, en su defensa. A derramar hasta la última gota de su sangre en defensa de la revolución bolivariana.  
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