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miércoles, 28 de octubre de 2015

¿Por qué no hacen los campos de refugiados en Siria con vigilancia de la OTAN?

Se calcula que entre los refugiados de Siria, Sudán, Eritrea etc se han camuflado más de 150.000 yihadistas. Pero vamos a lo que vamos.   Puede ser un problema más grande del que ya lo es, los refugiados procedentes principalmente de Siria que huyen de la influencia y opresión del Estado Islámico y pretenden asentarse en Europa debe ser objeto de una serena reflexión que permita extraer las consecuencias justas y equitativas de la situación creada. Cierto es que no solo el terrorismo es causa de esta expansión inmigratoria, por cuanto también el hambre y las pésimas condiciones de vida en determinadas zonas de Oriente Medio y de África se erigen en razón de ser de estos desplazamientos masivos de masa.

Es incuestionable que, en modo alguno, se pueden cerrar las puertas a esta obligada inmigración masiva en el marco de la unidad política y económica europea, pero se impone necesariamente establecer unas reglas de juego que armonicen la justicia, la equidad y la solidaridad humana, mediante la implantación de unos criterios de ponderado equilibrio y proporcionalidad. Buena prueba de ello lo es, sin duda, la decisión adoptada por el Gobierno alemán que suspende temporalmente la vigencia del tratado de Schengen ante la avalancha de inmigrantes que buscan refugio en su territorio y a los que materialmente no puede absorber. Obviamente, es distinto el tratamiento jurídico y social de los refugiados que el de los inmigrantes voluntarios, pero las demagógicas respuestas a este problema suscitado a nivel internacional no lo van a resolver, antes al contrario, pueden llegar a complicarlo todavía más. En España, por ejemplo, al margen de la ayuda que va dispensar la Unión Europea, no ha de ignorarse que, a pesar del enorme avance conseguido en el terreno económico, sigue manteniéndose un elevado índice de paro laboral que se erige en uno de los factores -y no el menor, pues a los refugiados, al final, habrá de facilitárseles trabajo- a tener en cuenta a la hora del reparto proporcional de refugiados en trance de imprescindible acogida.

Parece inevitable no quedarse en la superficie del problema y ahondar en sus causas últimas entre las que alcanza una posición relevante la lucha de civilizaciones existente a nivel universal. Desde el sangriento atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York, del que se ha conmemorado recientemente el décimo cuarto aniversario, persiste, con carácter mundial ya, una clara y soterrada guerra en la que pugnan por imponerse dos culturas opuestas y antagónicas: la occidental, de raíces cristianas, y la oriental, de inspiración islámica. Y a esta realidad innegable, que desgraciadamente no resolvió la pretendida primavera árabe, ha de enfrentarse la humanidad entera tratando de darle una respuesta global. Cualquier otro planteamiento parcial o localista no hace sino oscurecer la realidad del gravísimo problema existente a nivel universal y alargar, indebidamente, la solución del mismo.

En cierto modo la situación actual surge del inadecuado comportamiento de Siria, con Al Assad a la cabeza, que no fue objeto inicialmente de una respuesta contundente que evitara los desastrosos efectos que ahora se padecen, pero no cabe ignorar tampoco que la actuación del terrorismo yihadista propio del Estado Islámico se erige en una amenaza a nivel mundial que no parece llegue a neutralizarse con la ofensiva desplegada de momento por Occidente, con los Estados Unidos al frente. En este sentido resulta esclarecedor el criterio de politólogo italiano Giovanni Sartori, que asigna a esta guerra de civilizaciones las características de terrorista, global, tecnológica y religiosa.


Ante un panorama de claro belicismo como el de referencia parece que algo más decisivo que el asilo y acogimiento de refugiados debiera hacerse y, sin desconocer la enorme dificultad que entraña cualquier forma de diálogo basado en el Derecho que pudiera ahuyentar este riesgo que amenaza a la humanidad entera, se impone que desde el Occidente unido y a través de sus instituciones comunes se articulen políticas más decisivas y operativas que permitan a la comunidad internacional salir de la situación de incertidumbre y desasosiego en la que se halla inmersa. No es fácil, ciertamente, encontrar una solución al problema expuesto cuando en el mismo se entrecruza, como esencial, un factor religioso caracterizado por una marcada intransigencia; pero debiera intentarse, cuando menos en el marco del recíproco respeto de creencias con el proselitismo religioso incluido, hallar una vía que facilite una más serena convivencia mundial.
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