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viernes, 30 de octubre de 2015

¿Democracia o perversión electoral?


Y este era menos inepto que Pedro Sánchez
Ante el mayor desafío que se le presenta al Estado, de pronto se ha colado el argumento (habría que decir la perversión) electoral: a quién beneficia el órdago independentista. Y ya tienen ustedes publicadas las teorías más disparatadas. Oído a un político catalán: «Rajoy le hizo la campaña electoral a Artur Mas, y Artur Mas le devuelve el favor haciéndole la campaña a Rajoy». Leído en la prensa de ayer: Rajoy obtendrá una gran rentabilidad electoral porque hace el discurso que la sociedad española quiere escuchar ante Cataluña. Y también se pudo leer en los medios de Internet que Rajoy, al convocar a Albert Rivera a la Moncloa junto con Pedro Sánchez le da categoría de hombre y partido de Gobierno, casi lo eleva a los altares, al mismo tiempo que ningunea a Pablo Iglesias.

No es ninguna novedad. Comentarios así son frecuentes después de grandes acontecimientos. Aún hoy se debate si Rodríguez Zapatero hubiera llegado al Gobierno sin los atentados del 11M. Y ahora, a menos de dos meses de unas elecciones trascendentales, todo movimiento político es interpretado en clave electoral, como lo han sido las inauguraciones de Rajoy, la llamada agenda social o la creación a última hora de una oficina para garantizar la recuperación de bienes de los condenados por delitos de corrupción. El electoralismo es la enfermedad de la clase política, también de la periodística, sobre todo en España, donde disfrutamos de la tensión de los votos durante los cuatro años de una legislatura.


Espero que ahora no sea el caso ante la cuestión catalana. Una respuesta marcada por el ansia de votos y el aprovechamiento electoral ciega las mentes, limita las medidas y no permite soluciones de futuro, sino el cortoplacismo habitual. Espero que Rajoy no llame a los políticos de otros partidos a la Moncloa solo porque está escarmentado del gran error de Aznar al no convocar al jefe de la oposición después de la matanza del 11M. Espero que las posiciones de esos partidos no sean tampoco un puro postureo ante las urnas, porque entonces no tendrán perspectiva de Estado. Y espero que el discurso de contundencia del presidente no esté escrito pensando en los votos que puede cosechar en el resto de España. Si así fuese, no haría otra cosa que fomentar el victimismo de los independentistas, como ocurrió cuando se instalaron mesas petitorias para recoger firmas contra el Estatut y al final resultaron ser firmas contra Cataluña por el arte de la manipulación política. De ahí provienen gran parte de los problemas actuales de entendimiento. Ese ha sido uno de los gérmenes de lo que Montilla, presidente de la Generalitat, llamó en su día el desapego y nadie lo supo escuchar.
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