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martes, 28 de julio de 2015

Los soplagaitas de la independencia de Cataluña o manipulares de su historia.

Históricamente, todo proceso de unificación o independencia tiene su héroe y su leyenda, que sirven para reforzar el sentimiento de unidad de las nuevas naciones. Tiende siempre la ciudadanía emancipada a situar en el altar del imaginario colectivo a figuras indiscutidas por su arrojo, su inteligencia o su entrega a la causa, que ni siquiera tienen por qué haber sido los líderes del proceso, violento o no, que ha conducido a la conformación de la nueva patria. Tenemos así a un Simón Bolívar, reivindicado ahora hasta la náusea por el chavismo, pero que fue siempre una figura venerada en Hispanoamérica. Italia tiene en el intrépido y romántico Garibaldi al héroe del risorgimento sobre el que forjar una épica propia en un país que no anda sobrado de mitos intachables. Y están también el aguerrido Michael Collins como símbolo del independentismo irlandés y hasta el fornido William Wallace como tótem del secesionismo escocés.

El cine se ha fijado siempre en el poder icónico de esos libertadores de las patrias y ha recreado sus biografías en diferentes películas con mayor o menor fortuna y no pocas licencias poéticas. Pero Cataluña tiene ahora un verdadero problema para encontrar una figura que sirviera tras su más que improbable independencia como santo laico al que su población, liberada ya del yugo español, pudiera venerar. Y eso es así porque, frente a esos héroes casi mitológicos, mártires o caudillos de sus causas patrióticas, el actual desafío independentista catalán lo protagonizan personajes ínfimos. Políticos que, en lugar de paladines de la liberación al servicio de un noble ideal, son consumados trileros, maestros de la trampa, el engaño, la doblez y la chapuza, cuya estrategia consiste en tirar la piedra y esconder la mano, ocultando la bolita para ver si al final, arriesgando nada, suena la flauta.


No se imagina uno un filme de Hollywood sobre las hazañas de Artur Mas, el de la sonrisa floja en el Camp Nou cuando lo de la pitada; el contumaz trapisondista que falsifica la historia y cambia de principios cada día para seguir en el machito y el que, en lugar de abanderar la revuelta, se parapeta tras las dos mujeres que lideran las plataformas soberanistas. Tampoco servirían para un Braveheart a la catalana el pícnico Junqueras, especialista en la suerte tremendista de decir en voz baja y poniendo cara de pasmado barbaridades como establecer diferencias genéticas entre españoles y catalanes, ni David Fernández, el fofisano lanzador de alpargatas de la CUP. Y, aunque físico no le falta, no parece que el profesor de lambada que encabeza la caótica lista de Junts pel Sí, cuya iniciativa más relevante es haber pedido que Europa investigue el pisotón de Pepe a Messi, dé para una epopeya independentista. Claro que peor lo tienen los soberanistas que busquen más atrás y comprueben que aquel Pujol que inició todo esto, al que consideraban un Bolívar con barretina, era solo un presunto delincuente y defraudador confeso. Malos tiempos para la épica soberanista en Cataluña.
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