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lunes, 26 de enero de 2015

Estancamiento de la economía o más ricos y más pobres.

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El estancamiento se posibilita cuando la economía de un país no crece, o lo hace en una medida muy limitada, inferior o igual al Crecimiento de la población, o sea,   es la situación opuesta al crecimiento económico y se produce cuando el ahorro y la inversión son muy reducidos, incapaces de generar nuevas actividades productivas y apenas suficientes para cubrir los costos de reposición. Por tanto, el estancamiento es una situación característica de sociedades atrasadas, con escaso desarrollo tecnológico y baja calificación de la mano de obra; también se produce cuando las cargas impositivas son muy altas y se genera una fuerte presión fiscal, o cuando por diversas circunstancias específicas -económicas o extraeconómicas- se reducen drásticamente las inversiones: políticas de expropiaciones, inestabilidad política aguda, etc., etc.

Europa está a punto de caer, yo incluso diría que ha caído  en esta viciada trampa mortal de necesidad. A los rasgos del mínimo crecimiento económico, se le unen, en la actualidad, la débil inflación, las pesadas deudas públicas y privadas, el aumento de las desigualdades, el crecimiento de la pobreza? Se podría concluir que corremos el riesgo de sacrificar a toda una generación.
En los análisis prospectivos de los organismos internacionales se resalta un doble hecho evidente: la globalización está contribuyendo tanto a sacar de la pobreza a millones de personas en los países emergentes, como también condena al desempleo, y a menores salarios, a los trabajadores menos cualificados en los países desarrollados.

Es decir, se puede concluir que la mayor libertad de los movimientos de capitales, de mercancías y de tecnología junto a la mayor desregulación financiera aplicada en los últimos años, está reduciendo los márgenes de maniobra de poder fiscalizar y vigilar las rentas del trabajo, del capital y los niveles de riqueza. Los efectos más próximos y visibles son un mayor endeudamiento público, una disminución de las prestaciones sociales y una reducción de nuestras remuneraciones. Estamos acomodándonos a una nueva realidad social y empresarial.

Pero, sobre todo, asistiendo a un proceso de transformación del modelo anterior. Antes, el trabajo era más o menos uniforme, con escasas rotaciones, con fijeza en el lugar del trabajo y formando parte de unas organizaciones fuertemente jerarquizadas y estructuradas.

En la actualidad, el trabajo se vuelve poliforme; muchas veces basado en proyectos individuales; con presencia de un dinamismo laboral muy elevado; trabajando bajo contratos y acuerdos flexibles, de diferentes prioridades, y en distintos ámbitos y localizaciones. Estos cambios se aceleran día a día. A medida que se incrementan las transformaciones, los impactos y las repercusiones son más intensos.

Ante esta complicada coyuntura emerge una nueva cuestión: se aprecia el fuerte castigo al que son sometidas las clases medias y, por ende, su propio cuestionamiento. Las apuestas por los incrementos de la productividad, por el empleo y por el sostenimiento del estado del bienestar comienzan a estar cuestionándose en el seno de la propia sociedad.

Las recetas aplicadas en los últimos años no han hecho más que deteriorar los salarios (a través de políticas que apostaron por la devaluación interna para lograr un aumento de la competitividad exterior); han acelerado la destrucción del empleo con contratos indefinidos (prevaleciendo los contratos flexibles y por proyectos); y hemos asistido a amplios recortes en los servicios sociales, educación, sanidad y prestaciones (como parte de las respuestas políticas en la defensa de un Estado frugal de bienestar).

Asimismo, a medida que se han ido reestructurando los sectores industriales y de servicios, muchos de sus trabajadores fueron despedidos o reajustados, algunos ya no han vuelto a encontrar empleo, otros han sido reabsorbidos en puestos de trabajo peor pagados, y los restantes optaron por operar en trabajos más discontinuos. En base a estas circunstancias se aprecia un debilitamiento de las clases medias. Su histórico papel de equilibrio en la sociedad capitalista se está viendo afectado de manera ostensible.

Si anteriormente habían llegado a constituir uno de los motores de los despegues y crecimientos económicos (en su doble función de ser al mismo tiempo agentes en la producción y en el consumo), ahora son las protagonistas afectadas por las reformas. Al punto que el Banco Mundial aboga por una nueva definición: la de clases vulnerables. Esto es, aquellas clases móviles compuestas por aquellos que una vez consiguieron dar el salto desde las capas más bajas a las medias, o a las medias-bajas; y que, como consecuencia de la movilidad descendente, pueden volver a la pobreza.

La actual situación socio-económica puede estar acabando con la clase media. Esta se está desvaneciendo, ya que posee cada vez menos recursos y cuenta con menores oportunidades. Los ejemplos están a la vista: se prescinde de profesionales con trayectorias inmaculadas; se disminuyen los estándares de calidad; se rompe y se fracciona la estabilidad económica y laboral conseguida, etcétera.


La clase media creía que con una buena formación se le abrirían las puertas al futuro. Los últimos trabajos académicos recién publicados sobre el tema (incluido el de Thomas Piketty) revelan la configuración de una mayor desigualdad económica, una mayor polarización social y un incremento de las estratificaciones en la sociedad actual. Los tres rasgos no son halagüeños. Debemos, pues, ser conscientes de ello y procurar que las transformaciones y reformas que se están diseñando no alienten a la actual dinámica, so pena de arrastrarnos al final de una sociedad participativa, como apuntan destacados sociólogos.
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