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jueves, 27 de noviembre de 2014

El futuro de España, NUNCA MÁS puede quedar en manos de políticos. No precisamente, estos vienen de Marte.

En España, nunca vamos a dejar de ser personajes del Quijote con el valor negativo añadido de no saber a quién representaremos a la apertura del telón.
Si bien, hasta la fecha,  todos los partidos políticos con representación parlamentaria, tanto a nivel nacional o internacional han conseguido dicha representación con promesas populistas o greguerías bizantinas. El presente con vistas de futuro inmediato, no deja de ser más de lo mismo con mala fe por parte de los que la democracia denomina “políticos”
Vamos a tomar como referente a Podemos ya que a ellos les gusta chupar tinta para, posteriormente,  escupirla en las cámaras y medios de comunicación asociados a la causa.  Su éxito se basó en un programa electoral que ocupa 36 páginas y al que todo ciudadano tiene acceso desde la página web del partido. El programa es una maravilla desde el punto de vista de las relaciones públicas y el marketing, pero rezuma populismo por todos los costados. Las 36 páginas proponen, entre otras medidas, el impago de parte de nuestra deuda soberana, la pérdida de independencia del Banco Central Europeo, la democratización y nacionalización del sistema bancario, una renta básica para todos los ciudadanos, la moratoria de algunas deudas hipotecarias, el abandono de algunos de nuestros tratados de libre comercio o bajar la edad de jubilación a los 60 años. A primera vista, todas estas medidas suenan de maravilla y son muy atrayentes para la gran masa de descontentos a la sombra de la crisis que parece no querer abandonarnos. Pero analizadas con un poco de sentido común no pasan la prueba del algodón. No pagar la deuda soberana tendría consecuencias inimaginables sobre nuestra capacidad, como país, de acceder a los necesarios mercados financieros; la democratización del Banco Central Europeo traería consigo la ya casi olvidada inflación; la nacionalización del sistema bancario niega que fueron las instituciones financieras controladas por el sector público las más afectadas por la crisis; la renta básica parece milagrosa pero el programa electoral obvia el problema de su financiación; la moratoria hipotecaria generalizada haría un daño irreparable al futuro de nuestro sistema hipotecario; abandonar los tratados de libre comercio sería sinónimo de pobreza en muchos de los países que los firman y bajar la edad de jubilación niega las dinámicas demográficas a las que nos enfrentamos.

A todo esto, el PP piensa que al “”exitoso””  populismo de izquierdas electoralmente  debe responderse con populismo de derechas, igual de ahí deriva su identidad, Partido Popular. Mucho más sonoro y voceado cuando las elecciones estás a la vuelta de la esquina. Hace bien poco tiempo, el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro presentó las directrices de la que sería su reforma fiscal y de inmediato se están aprobando en mala medida. Sus líneas generales son dobles y claras. Por un lado, bajar los tipos impositivos del impuesto de la renta y sociedades y eliminar algunas de sus deducciones fiscales y por el otro, no tocar el IVA. Bajar tipos impositivos del impuesto de la renta y sociedades es acertado ya que es cierto que en ambos casos son muy altos en comparación con la media de los países desarrollados. Pero no es menos cierto que deben eliminarse todas, o casi todas, las deducciones. Las deducciones son como las medidas del programa de Podemos. En principio, suenan muy bien y son muy atrayentes para el ciudadano, pero en la mayoría de los casos, solo reflejan el éxito de algún lobby en convencer al ministro o dirigente de turno. Mantenerlas es casi tan populista como proponer una renta básica o no pagar nuestra deuda soberana. Aunque, por desgracia, el populismo de derechas no acaba ahí.
Para que el ya precario sistema de bienestar no se venga abajo, de ninguna de las maneras  podemos permitirnos una caída recaudatoria, más bien todo lo contrario. El déficit público, aun corregido por el ciclo económico, es enorme y el nivel de deuda pública está llegando a cotas insostenibles. España tiene uno de los niveles de recaudación como porcentaje del PIB más bajo de toda la UE-27, rozando el 37 %, por tanto, cualquier reforma fiscal debe tener como uno de sus objetivos el aumentar la recaudación y reducir el déficit. Mantener deducciones y negarse a aumentar la recaudación vía IVA es populista y engañoso para el ciudadano ya que niega el hecho de que es necesario recaudar más para financiar los servicios públicos ya existentes. Y eso es lo que hace el proyecto de reforma fiscal presentado por el PP. El proyecto no aumenta la recaudación sino que la baja. Negar la evidencia de que es necesario aumentar la recaudación vía impuestos indirectos y eliminación de deducciones es tan irresponsable como presentarse a las elecciones europeas con un panfleto de 36 páginas. Cierto y verdad es que no es necesario aumentar los tipos del IVA, pero es capital recalificar muchos de los bienes que ahora están gravados a tipos reducidos. Tampoco es necesario eliminar todas las deducciones, pero sí la mayoría. Es claro que tomar medidas como estas es poco popular, pero de una necesidad innegable. La negativa del Gobierno del PP a reconocerlo roza la temeridad por imprudente tiranía.
La restricción presupuestaria debe cumplirse por lo que solo hay dos opciones posibles: más recortes o más deuda. Creer que con suficientes votos se puede gobernar sin una restricción presupuestaria es equivalente a pensar que podemos eliminar la ley de la gravedad con suficiente apoyo popular. No queremos entrar en valorar si más recortes del gasto público son o no deseables, eso es un problema entre el Gobierno y sus votantes. Sin embargo, no reconocer que es probable que esta reforma implique recortes adicionales en el gasto público es tergiversar la realidad. Otra forma de populismo. El coste de la reforma es de unos siete mil millones. Si queremos cumplir con el déficit y no hay otros aumentos impositivos suficientes para compensar la bajada de tipos impositivos sobre la renta y beneficios empresariales, habrá que recortar el gasto. Si volvemos a saltarnos el déficit, la deuda aumentará más de lo previsto con las consecuencias que eso conlleva. Esa es la impopular realidad y negarla es de lo más popular.

Puede que haya quien piense que para ganar unas elecciones es imperativo ser populista, que no hay otra opción. Pero lo cierto es que en muchas ocasiones los gobiernos se han tenido que enfrentar a situaciones difíciles sin tirar de la receta populista. Sin ir más lejos, el actual Ejecutivo ha aprobado medidas tan impopulares como necesarias. Por un lado, ha reformado el mercado laboral mejorando la negociación colectiva y, por otro, ha hecho más sostenible nuestro sistema de pensiones, aceptando casi en su totalidad las recomendaciones del comité de expertos. También subió el IVA, hace ya casi dos años, alejándonos de un precipicio que parecía atraernos sin remedio. Todas esas medidas fueron impopulares, valientes y elogiadas por los firmantes de este artículo. Pero parece que ese tiempo quedó atrás. Hemos pasado de hacer políticas impopulares, pero necesarias para el futuro del país, a adoptar medidas populares pero que pueden tener consecuencias nefastas para el futuro de nuestros ya mermados bolsillos, ellos llaman arcas del Estado. 
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