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domingo, 22 de junio de 2014

Catalanes que quieren separarse del proceso secesionista y "no les dejan"




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Miembros de Sociedad Civil Catalana, en el Teatre Victoria
De Susana Beltrán, profesora de Derecho Internacional de la Universidad 
Autónoma de Barcelona y vicepresidenta tercera de Societat Civil Catalana.



A pesar de que las pasadas elecciones europeas volvieron a evidenciar el desapego de una parte de la ciudadanía, que sigue sin valorar la función que desempeña el Parlamento de Estrasburgo en el proceso de construcción europea, lo cierto es que en Cataluña el voto se movilizó, pero decantado solamente hacia un lado. Los quizás mal llamados partidos soberanistas o por el dret a decidir del pueblo catalán concentraron alrededor del 56 % de los votos emitidos (menos de un 23 % del censo). En el conjunto de las familias políticas europeas ello no tiene excesiva importancia, porque los partidarios de dicho derecho se diluyen entre los 751 eurodiputados que componen el Parlamento Europeo. Además, espero que se dediquen a defender otros temas más acuciantes para los ciudadanos de la UE. Ahora bien, si las europeas son una antesala de lo que puede ocurrir en los próximos meses, el tema me preocupa mucho. Hace unos días, una parte de la ciudadanía catalana vio con tristeza e impotencia lo que para unos 25.000 (100.000 según los organizadores) fue una marcha ciudadana festiva y lúdica bajo el lema «Por un país de todos, decidimos escuela catalana». Y me pregunto ¿qué tendrán que ver la Ley Wert, una defensa asfixiante de la lengua catalana y que Cataluña, para algunos, ya sea un país? Para mí, nada, aunque, como catalana, nadie me preguntó si estaba de acuerdo con dicha propaganda que, además, se anunciaba en la web oficial del colegio donde estudia mi hijo.




Y podemos seguir hablando de uniones forzadas que separan ciudadanos. Por ejemplo, ¿una sociedad que trata de salir de un bache muy profundo se puede permitir el lujo de que una parte de sus ciudadanos salga vencedora y otra vencida? El dret a decidir promueve claramente esta división con una pregunta dudosa, que cada uno interpreta a su manera, y con otra pregunta tan trascendental, sobre si queremos que Cataluña sea un Estado independiente, que aparta del ámbito de decisión al conjunto de la ciudadanía española.


En fin, aunque en este diario veía hace unas semanas, con cierta esperanza, la diversidad de banderas que cuelgan en los balcones catalanes, y que ya no son solo las de la estrella que separa, hoy estoy más desanimada. Tengo que estar muy atenta para que no nos cuelen más goles a los catalanes contrarios al proceso secesionista. Y créanme, tengo ganas de hablar de otras cosas, pero el proceso avanza y me está arrastrando, llevándose sutilmente mis derechos y libertades individuales en favor de un grupo llamado poble de Cataluña o país, según se mire. Me pregunto dónde está la supuesta mayoría silenciosa que no aparece cuando hay una llamada a las urnas amparada por el Estado de derecho, como las pasadas elecciones europeas.


Si uno de los elementos básicos de un Estado son sus ciudadanos, por favor, no se me duerman: la tierra donde vivo también es suya. Tenemos un problema, o varios: nos falta cohesión social pero, también, cohesión territorial. Los estoy buscando para hablar, para pedir a los partidos políticos proyectos ilusionantes sobre el devenir de un Estado democrático y de derecho. Como ciudadanos, tenemos derecho a exigir que nadie nos quite esa célula de soberanía que nos corresponde a cada uno y que nos permite participar en un proyecto que sí es de todos, también de los catalanes, llamado España.
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