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lunes, 23 de septiembre de 2013

Las elecciones alemanas en España.



En España, nada más terminar las elecciones, todos los partidos se proclaman ganadores.  En parte llevan razón, los que en verdad han ganado porque pronto van a saciar a atiborrar sus bolsillos y los perdedores porque  evitan de hacerlo ellos y por la teoría de la corrupción múltiple van a robar igual o más que los ganadores.
Todo lo contrario sucede en Alemania. Supongamos que los resultados hubiesen sido los mismos en España  una amplia victoria de un partido, seguido a distancia por el otro  aspirante. Como el ganador no alcanzó la mayoría absoluta, pero se quedó muy cerca, ¿qué estaría haciendo en este momento? Quizá estaría pensando en proponer un acuerdo a algún minoritario; pero lo que nunca se le pasaría por la cabeza sería ofrecer una coalición al otro gran partido con el que acaba de competir. Si se le ocurriera, el otro gran partido le diría que se las apañe como pueda, pero que no cuente con él. España se dispondría a ser gobernada en minoría, y para hacerlo más presentable implantarían los algoritmos de Zapatero o la geometría plana de Rajoy. El ensayo político.
En cambio, En Alemania,  ocurre todo lo contrario. Al faltar un socio natural para completar la mayoría, el ganador no tiene inconveniente para ofrecer un acuerdo al segundo partido. Lo primero que hizo Ángela Merkel nada más levantarse después de la noche de su triunfo fue coger el teléfono y llamar a Sigmar Gabriel, presidente del SPD, para ofrecerle un pacto. Dentro de una semana, más o menos, empezarán las negociaciones, pero el pueblo alemán ya ha dicho en las encuestas que desea ese acuerdo y nadie se atreve a pensar que no será posible. Los socialdemócratas, aunque conserven un mal recuerdo de su anterior coalición y de cómo Mérkel se apropió de sus éxitos, no podrán negarse a colaborar. La política que sirve al pueblo. En España se sirven del pueblo.
Es curioso, pero todos se preguntan ¿Por qué esta diferencia entre Alemania y España? Porque los alemanes han sido formados en la cultura del pacto y los españoles nos hemos habituado a la cultura de la confrontación. Los alemanes han sabido unirse en una gran coalición cada vez que la nación lo necesitaba desde los tiempos de Adenauer, y la oposición española siempre ha sentido como primera necesidad derribar al Gobierno y deteriorar a su presidente. Y, finalmente, los alemanes están diciendo que necesitan un Gobierno fuerte, mientras que aquí, cuando necesitábamos fortaleza ante el hundimiento de la economía, un miembro del actual Gabinete decía: «Si España se hunde, ya vendremos nosotros a salvarla». O sea, tocados o hundidos, pero jodidos.

Ya viene de atrás, en Alemania y muchos países donde  los candidatos son personas. Ese es el contraste entre nuestros dos países y esa es la nueva lección que Alemania se dispone a darnos. No quiero pensar que los políticos alemanes tienen más amor a su patria que los españoles. No quiero suponer que a los partidos españoles les importa más el interés propio que el interés general de la nación, al revés de lo que aparentan los alemanes. No quiero pensar ni suponer nada, pero hemos de reconocer que los alemanes dan envidia cuando tratan de trabajar juntos. Hasta parecen más patriotas, cuando no son ni españoles.






































































































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