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lunes, 17 de junio de 2013

El amor tiene identidad; la corrupción ¿No?



Hay que tener cuidado con los antónimos a la hora de definir la realidad, por ejemplo, lo contrario del amor no es el odio. Las soluciones cómodas son como titulares maniqueos que nos dejan sin matices y sin capacidad de interpretación. Así que no pensemos con prisa, porque antes y después de la prisa hay escondida en los pensamientos una inclinación a las ideas fáciles, las consignas, los dogmas o las noticias enlatadas por unas pocas agencias que nos sirven en bandeja el mundo. La voz de los amos viene siempre llena de recortes y no sólo económicos.
Si partimos de la base de que lo contrario del amor no es el odio, sino el miedo. El amor, como descubrimiento del número dos, nos saca de nosotros mismos. Acaba con cualquier concepción autosuficiente, egoísta, limitada o inflexible de la realidad. El amor disuelve cualquier identidad dogmática por fuerte que sea. Sentir que uno necesita al otro, que uno está incompleto sin el amado, supone abrirse, estar dispuesto a romper la costumbre, a salir de casa con una necesidad  imprevista, a suspender el tiempo establecido. De pronto hay que acudir a una cita, abandonarse en un abrazo, correr a un colegio, pasar la noche en vela, ponerse en el lugar del  otro, y no para dejar al otro sin lugar. Es la conciencia de que sólo son nobles los lugares compartidos. Eso es  lo que nos hace tener ilusiones, compasiones, cuidados y dependencias sin perder el sentimiento íntimo y social de la libertad.
Luis Cernuda en unos versos memorables, nos explica: “libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío”. El amor no es la disolución de la propia identidad, sino la apuesta por una identidad que se siente inseparable del bien común. Y esa energía supone valor, necesidad permanente de romper horarios, salirse de las verdades oxidadas, ser capaces de habitar lugares imprevistos, pensar desde fuera, no encerrarse en las murallas de una subjetividad precavida para defendernos de la presencia ajena.
Si tomamos como referente que lo contrario del amor es el miedo porque tendemos a odiar cuando convertimos a la otra parte en un peligro. Buscamos un chivo expiatorio para delimitar de forma cómoda aquello que nos asusta. El odio al extranjero, el desprecio al emigrante, la furia que sufre una mujer maltratada y el linchamiento del incrédulo nacen del miedo, de la debilidad que nos cierra. Sólo quiere vencer quien sabe que no puede convencer. Sólo renuncia al bien común quien prefiere convertirse a sí mismo en un secreto.
Lo contrario de la corrupción no es el puritanismo, sino el respeto necesario al bien común. Los hipócritas afirman en público la virtud para esconder en privado sus vicios. De nada sirven las leyes de transparencia y las declaraciones públicas de honradez  sin respeto por la vida en común. Conviene desconfiar de quien argumenta que pierde dinero con la política mientras privatiza la sanidad o la educación pública. Es un puritano vicioso, nos está mintiendo con la máscara de su virtud.
En España hay tanta hipocresía como en el resto de las democrtacias. Vivimos en un mundo lleno de secretos. Se juzga con más facilidad al que hace pública una lista de criminales, defraudadores o tramas de espionaje que a los delincuentes.  Es más peligrosa la verdad que la violación de las leyes a través del asesinato de guerra, el fraude o la vigilancia indebida. El poder pretende convertir al periodismo y a la información libre en restos arqueológicos. Imperan hoy las voces del amo. Eso ocurre en todas las democracias heridas de muerte. Lo que agrava la situación en España no es el desprecio en secreto del bien común, sino su desprecio público. Se ha renunciado incluso a la hipocresía. Por eso gobiernan sin vergüenza, no dimiten, se presentan como salvadores de la patria y ocupan Casas Reales o cúpulas de partidos gentes descubiertas en público como mentirosos, corruptos y cobradores de dinero negro. Y al no dimitir, al llevar el vicio privado a la falta de respeto público, nos recuerdan que más que una nación somos una pandilla.

La historia reciente de España es  vergonzosa. Nos hemos perdido  el respeto a nosotros mismos. No se puede jugar de forma impune con la memoria y transformar en padres de la patria a tantos cómplices de un golpe de Estado y una dictadura. No se puede olvidar de forma impune a los que fueron víctimas por intentar defender la dignidad de un país. Lo dicho: lo contrario de la corrupción no es el puritanismo, sino el respeto al bien común. Y eso es lo que falta en España, donde se ha privatizado hasta la historia al servicio de un rey y de una oligarquía económica incapaz de reparar su propio mal. 



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