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miércoles, 30 de enero de 2013

La corrupción política, cuestiona a la democracia.


Asi comen los corruptos
..............................ni come.
 
Liberalmente, democracia es un sistema de gobierno en el que  la soberanía del poder reside y está sustentada, en pueblo. Bien por medio de elecciones directas  directas o indirectas, es el pueblo,  quien elige las autoridades del país. Del mismo modo, es el pueblo, quien tiene  potestad para cambiar o ratificar a estas mismas autoridades, en las siguientes elecciones populares. Recuedo que a principios de instaurarse la democracia en España, mirar a un político electo era privilegio. Parecido a lo del cura que había que levantarse a su paso. Hoy, mirar a un político electo es vomitimo para ambas partes. No hace mucho me decía uno: Juan, no soy feliz, no tengo dinero; ni hago, ni me dejan hacer nada en el congreso, la gente me mira por la calle como absorto no tenga rabo y cuernos................A los pocos días......DIMITIÓ razonando  que aun  no se había enterado el por qué de la mamandurria.
 
Me asombra la pasividad de los españoles, ante los tormentosos por continuidad casos de corrupción política  que, en definitiva  todos tienen el mismo denominador común, merma de las arcas públicas  con focos de miseria y corrupción para los pasivos ciudadanos.  ¿Qué puedo hacer yo?  me decía otro amigo....Por ejemplo, haberte ido a la mierda antes de votar. Esa misma cantinela me la vienes contando desde  hace 38 años.
 Aquellos que observamos, no en la retaguardia total, tampoco en estado pasivo y nunca desde el fanatismo ideológico -debe ser lamentable ser fans de Rajoy y que te corten el agua y la luz por falta de pago- Sacamos conclusiones positivas de las batallas internas en los partidos saquen a la luz algunos espacios oscuros de sus organizaciones. No hay mal que por bien no venga, y los rencores, los codazos y las luchas por el trono facilitan ciertos detalles que de otro modo hubiesen quedado en una programada oscuridad. Son mecanismos de venganza que hablan mal de la política y de su estado miserable, pero que siempre han ofrecido grandes y rápidos servicios a la información pública.
 
Depende de el grado de cercanía con el político cuestionado, pueden brotar sonrisas, carcajadas o indignaciones y hasta lágrimas. La sonrisa sugiere el estado de ánimo de la persona que observa la debilidad humana. Aunque no se sienta muy justiciera, comprende que es necesario que la verdad se sepa y que de vez en cuando algo ponga las cosas en su sitio y avergüence a los padres de la patria aficionados a la evasión de impuestos, o a los partidarios de las comisiones en forma de maletín y de los sobres blancos de contenido negro.Las alegrías tiene que ver con el gusto por la desgracia ajena y con la rivalidad. Hay personajes que caen mal, que defienden cosas que nos parecen indefendibles, que nos van llenando el corazón de antipatía cada vez que oímos sus declaraciones o sus descalificaciones del adversario. Cuando esos personajes son descubiertos con las manos en la masa, aflora nuestro rencor y rompe en el aire nuestra carcajada de circo, como cuando vemos que a un payaso le pegan un bofetón o que un desgraciado se pega un batacazo. Surge, por el contrario, la indignación cuando alguien en el que creemos, por simpatía personal o por respeto a sus siglas políticas, protagoniza un escándalo de corrupción siempre con enajenación de arras.
 
También,  de vez en cuando es bueno confesarse para detener el reloj y conseguir que se mantenga juntas la piel de la vida y la conciencia, confieso que hace tiempo que la corrupción de la política española no me levanta ni sonrisas, ni carcajadas, ni indignaciones. Mi ánimo tiene que ver más con la desolación, el vértigo, el miedo y el instinto de urgencia. Las corrupciones políticas no desvelan ya las ambiciones y fechorías de cualquier sinvergüenza –que se puede encontrar en cualquier sitio-, sino el funcionamiento rutinario de un sistema corrupto que se financia de forma sustancial a través de la corrupción. Y eso es muy grave para una democracia cuando el hambre se mezcla con las ganas de comer y la miseria con la marginación.
 
Hay poderosos jefazos políticos que, sencillamente,  actúan como espoliques de los poderes financieros llevan años escenificando que la soberanía civil no existe y que la política no sirve para resolver los problemas de la gente. Se decide en otras esferas, los parlamentos son inútiles, las leyes y las constituciones no son propiedad de los ciudadanos, sino mascaradas de los especuladores. Si a este sentimiento profundo le añadimos el robo como rutina, el sentimiento democrático entra en agonía y se prepara el terreno para nuevos experimentos totalitarios y populistas o para la indiferencia: la muerte clínica de la política. El Estado desaparece, la realidad queda sin reglas  y con muchos jefecillos que,  sin ser políticos, quieren lo que es suyo y les corresponde.
 
Hasta la fecha, todos los políticos tenían claro que la inversión pública y la regulación económica eran la receta más sensata como alternativa a la crisis financiera, el Gobierno apostó por la desregulación y los recortes con un elitismo neoliberal suicida para la nación. El empobrecimiento general va a hacer de España un país con problemas muy serios. 
 Si algo hay claro, es  que la degradación de la política en España exige un movimiento social de consolidación democrática. Hay que salir de esta crisis institucional con más democracia, es decir, con transparencia, mecanismos de participación, elecciones primarias, referentes cívicos encabezando las listas y reglas claras para delimitar incompatibilidades y especificar las limitaciones temporales de los mandatos y los cargos. En vez de esta consolidación democrática, observo el empecinamiento de las cúpulas de los partidos en asegurar sus mecanismos de control, evitar las interferencias cívicas y amurallar la oscuridad de sus actitudes.
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