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martes, 25 de septiembre de 2012

Yo, también, estoy indignado.


Los españoles empezamos  a estar hasta las mismísimas pelotas de la mediocridad de nuestros políticos. Si, hasta los que les votaron que, por cierto,  tienen tanta o más culpa que los “elegidos” porque fueron acreditados con sus votos,  para degollarnos antes de  reconocer su crimen económico. Todos somos conocedores de la que está cayendo en España y, también, del rodeo al congreso de Diputados. Ahora sale el Ministro, que no voy a dar el nombre para evitar darle publicidad gratuita y desglosa las pérdidas que está originando el 25S. Es de vergüenza que un Gobierno impopular y tirano le siga concediendo ayudas a la primavera musulmana, Ministro quita la ayuda a los mahometanos, entre otras cosas porque están muriendo niños inocentes y así sufragas el “coste” de mil 25Ss.

Lo más llamativo de esta “reunión, aun no llega a manifestación es el espectáculo político de que los representantes del pueblo, en lugar de ser respetados, se enfrentan con un ludibrio cada vez más generalizado. En lugar de llamar nazis o rojos a los que se manifiestan, los dirigentes políticos deberían meditar sobre esta realidad incuestionable: la clase política española ocupa el tercer lugar entre los diez grandes problemas que atosigan a los españoles. Los partidos políticos deberían ser la solución a los problemas de España. En lugar de eso se han convertido en el primer problema.
La codicia económica de los partidos políticos, el despilfarro, la mediocridad general, la corrupción creciente aunque todavía minoritaria, han encendido las hogueras de la ira popular. Los indignados no se han dirigido a protestar ante los ministerios de Hacienda o de Trabajo. Con buen criterio han sitiado a los partidos políticos y a sus representantes. Que en una democracia plena como la española, el pueblo soberano esté que brama contra los representantes elegidos en las urnas demuestra el grado de estolidez a la que hemos llegado y la tórpida actuación de los partidos políticos.

Los torpes políticos de hoy quieren llamarse, María de primer nombre, Úrsula que quinto y ser apoderado del comunismo. Ya, no hay políticos nobles de ahí que  en los restaurantes, en las cafeterías, en las plazas, en el fútbol, en los lugares públicos, en la calle, si la gente advierte que está un político al que conocen, lo normal es que le abucheen y le increpen. En lugar de descargar las culpas sobre los indignados, nuestra clase política debería dedicar tiempo a trazar un plan inteligente para recuperar el prestigio perdido.
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