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martes, 31 de julio de 2012

El feminismo en la literatura





Por Luz María López

Las últimas décadas han sido testigo de una revolución ideológica que ha cambiado la cultura haciendo visibles a las mujeres y dotándolas de voz propia. Las mujeres se han ido convirtiendo en agentes del poder. El feminismo ha causado una transformación profunda en la sociedad contemporánea ya que las mujeres han conseguido que se corrijan convenciones, protocolos obsoletos, se revisen actitudes equivocadas y se desechen falsos valores comunitarios. La teoría feminista hace por lo tanto un reclamo de lo humano (Quillen, 2001). La literatura no ha escapado a la revolución feminista. Evidentemente el feminismo ha cambiado los códigos de la comunicación, por tanto el signo lingüístico masculino ya no es sinónimo de la totalidad de la especie. 

Hoy el género humano tiene dos signos: “hombre” y “mujer”. Hago este señalamiento porque la literatura feminista ha adoptado una nueva postura frente al androcentrismo, el hombre como el centro del mundo y norma social. Es en este clima revisionista que ha proliferado la literatura feminista. La escritora, sin negar su biología, rompe con lo establecido creando espacios que corresponden a sus propios valores. El resultado es una imagen de la realidad captada con mirada de mujer y plasmada con un discurso que me atrevería a llamar “hémbrico”. El hembrismo se puede definir como el rol de género donde se espera que la mujer sea asertiva en vez de dócil y silenciada, aunque algunos pensadores lo señalan como el machismo al revés (Serna, 2002). Claro está que esta imagen de la realidad no había estado totalmente ausente de la literatura anterior, como es el caso de “Triffles”, escrita por Susan Glaspell (1879-1948), catalogada ahora como feminista.

La literatura feminista abarca temas antes prohibidos, como la denuncia a la opresión patriarcal y la búsqueda de identidad, para mencionar dos. Se distingue precisamente por incorporar la problemática del control masculino, integrar el silencio ocasionado por el mismo, denunciar el quebrantamiento del alma femenina, que es además donde más lastima. La expresión de la temática se fue enriqueciendo con nuevos códigos que soliviantan el discurso hegemónico. 

Teniendo en cuenta la diversidad de experiencias de las cuales se nutre la literatura feminista, he aquí algunos rasgos temáticos, estructurales, discursivos y críticos que la unifican: la lucha por la vida, estar íntimamente ligada a propósitos de denuncia y protesta, plasmar la visión del mundo y la historia desde la perspectiva de la mujer (Rando, 1991). La gran aportación de la literatura feminista ha sido desmentir la versión del patriarcado que distorsionó e ignoró a la mujer, su punto de vista, su contribución a la sociedad. La ideología patriarcal permea estos escritos que han sido considerados grandes piezas literarias y que hasta hace poco eran escritos mayormente por hombres y para hombres (Abrams, 1993, p. 234). 

Esta literatura escrita por mujeres, en algunos casos por hombres también, para ser justa, hace legítimos los espacios marginados, sobre todo el doméstico, lo revalora como símbolo del ser, del poder y del escribir. Rehace la historia, la cuenta independientemente de la que ya habían circulado los hombres. Controlando el discurso, la mujer aparece como agente de su propia significación (Quillen, 2001). En cuanto a la mujer como escritora, está consciente de que la representación de su identidad requiere la invención de nuevas estrategias literarias. Si la práctica y la psicología feminista van de-construyendo lo convencional del género y la prevalente manifestación anti-feminista (Amâncio y Oliveira, 2006), las escritoras feministas igualmente van cimentando su propia ideología a la par que reforman aspectos psico-sociales del género. La literatura feminista es una labor de rescate, llamémoslo así.


















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